27 octubre 2006

Sheldon Vanauken, primero agnóstico, luego teísta y finalmente anticristiano

Sigamos con el viaje espiritual de nuestro amigo:

"El siguiente paso era el agnosticismo: no saber y ser escéptico sobre la posibilidad de saber. Pero ya, al mismo tiempo, empecé a pensar que quizá se pudiera llegar a conocer algo un poquito. Buena prueba de ello eran los axiomas de la geometría, evidentes en sí mismos e indemostrables. ¿Habría axiomas que tuvieran que ver con el sentido de las cosas? Resolví que algo había creado el universo: esto resultaba evidente, axiomático. Entonces me apliqué al examen de los posibles indicios, evidentes en sí mismos, de la esencia, de esta “causa primera”. Capté un orden. Por supuesto, me había adentrado por sendas bien conocidas, pero eran nuevas para mí. Me empezaron a parecer axiomáticas la inteligencia e infinitud que había de poseer aquel poder creador del universo: el orden debía estar en función de la inteligencia; y sólo una inteligencia infinita podía aprehender la infinitud del espacio y el tiempo. Y la conciencia de la belleza, unida al reconocimiento de la hermosura que había en todo, excepto en lo que el hombre había echado a perder, me persuadieron de que tal belleza reflejaba la belleza de aquel Poder. (Fue mucho más tarde cuando leí a Platón y me entusiasmé al ver eso mismo). Durante mucho tiempo me pregunté si no podría ser la bondad, como la belleza, un atributo axiomático de este Poder. Pero la bondad no existía en esencia, sino en el hombre, y se hallaba bloqueada por el pecado y no se la podía atribuir, como evidente, al Poder, que seguía siendo un alguien impersonal. Yo no creía en la oración, no en la providencia, ni en el juicio; y mi ética no tenía conexión alguna con mi dios. Ya en el colegio había llegado a una forma de teísmo frío, que iba a conservar muchos años.

Una vez, durante mi primer año de universidad, vacilé; necesitaba una ayuda que sólo podía venir a través de una intervención milagrosa de un dios personal; improvisé unas cuantas oraciones urgentes a la desesperada. Cuando, como yo esperaba, no bajo ninguna Mano del cielo, me reafirmé en mi teísmo no cristiano. Durante los años subsiguientes me entregué, con devoción, a la belleza y al amor de una persona; y, teniendo juventud y buena suerte, era feliz, sobre todo por medio de aquel amor . En general, buscaba la bondad, entendiéndola, como el amor y la belleza, parte del Tao o del Camino. En realidad, venía a ser un tipo de paganismo sofisticado, sólo que las insuficiencias de una posición así son mucho menos obvias que las del materialismo.

Mientras tanto, el cristianismo, con el que no pretendía tener la más mínima relación, seguía presentándoseme como una religión ilusoria que proclamaba unas cosas demasiado increíbles sobre un valiente y fanático judío: una religión que debe perderse con la madurez, como la creencia infantil en las brujas y las hadas. Aunque había una cierta belleza en la historia cristiana (como la había en un cuento de hadas), no así en las iglesias: estrechas, pagadas y satisfechas de sí mismas, luchando vagamente con unas supuestas verdades que no podían aceptar; usaban clichés en unos parlamentos de una verborrea pomposa que daba náuseas, hablando de “experiencias en el Tabor” y de “comunidades fértiles”; cantaban unos himnos atronadores y espantosos, y construían un buen montón de horribles edificios.

No sólo no creía en el cristianismo, sino que lo odiaba con todas mis fuerzas; y si una persona se confesaba cristiana, perdía mi estima irremisiblemente. Pero podía guardar las distancias con bastante facilidad y así lo hice".


Mañana, más.

1 comentario:

Verónica dijo...

Me está recordando, a medida que lo voy leyendo, a la conversión de Scott Hahn, narrada en "Roma, dulce hogar" (Rialp), y escrita al alimón con Kimberley, su mujer, libro que me leí de un tirón, y que recomiendo desde aqu´´i vivamente.
En el caso de Hahn, su paso (del protestantismo al catolicismo)puede parecer más fácil, pero, en verdad, estaba plagado de dificultades (exteriores, pero, sobre todo, interiores). Desde luego, lo que no son ninguno de los dos personajes es tibios... Espero impaciente la próxima entrega.