26 agosto 2006

San Pablo, heraldo de Cristo

Acabo de terminarme el San Pablo de Holzner. Debería haberlo hecho mucho antes, pero este verano he leído menos de lo previsto. Es una obra monumental. Holzner apabulla por su erudición. Son admirables sus conocimientos no sólo del cristianismo en general y del protagonista y su obra en particular, sino también del judaísmo, del helenismo, de historia de las religiones, de filosofía –antigua, desde luego, pero también moderna (Nietzsche et al.)–, de geografía, de topografía, de arqueología.

Holzner analiza al microscopio todos los viajes, fundaciones, cartas y cautiverios del santo. Impresionan sus periplos infatigables a través de pasos inhóspitos, desiertos insalubres y cordilleras hostiles por todo Asia menor (Tarso, Derbe, Listra, Iconio, Antioquia, Tiatira, Esmirna, Pérgamo, Éfeso, Sardes, Filadelfia, Laodicea, Tróade) y por Macedonia (Filipos, Tesalónica, Berea); sus estancias en Atenas (¡qué tratamiento del discurso en el Areópago!) y en Corinto; sus travesías marítimas (con naufragio incluido) por casi todo el Mediterráneo; sus espinosas visitas a Jerusalén, con los cristianos judaizantes al acecho (¡algunos querían darle muerte!), y cómo no, sus dos cautiverios en Roma y su martirio final. Y no menos impresionan sus cartas (cuidado análisis por Holzner de cada una de ellas) y también su decisión a la hora de dar su vida por Cristo y por el Evangelio, sin pararse a medir la prudencia de sus acciones (tuvo que salir por pies en muchas ocasiones).

Los retratos de los personajes son excelentes: Lucas, Marcos, Timoteo, Tito, Áquila y Priscila, y tantos otros. Y San Pablo queda reflejado como un titán de la fe, un luchador que no contempla la derrota, un excelente orador, un valiente. Quedan desde luego patentes su erudición y su inteligencia, pero también la dureza de su carácter y su decisión para rechazar sin remilgos todo lo que se interponga entre él y su misión. No tiene inconveniente en reprochar a Pedro su debilidad al separarse de los gentiles cuando llegan los judaizantes, ni en poner tibio a Marcos cuando no aguanta su ritmo evangelizador. Probablemente en realidad el personaje fuera así y el perfil que de él traza Holzner sea el más adecuado, pero lo cierto es que (al menos en mí) no despierta amabilidad, ternura o cordialidad (como sí me sucede a menudo con Juan y sobre todo con Pedro, no sólo en su encuentro con Jesús resucitado). Este Pablo provoca admiración y gratitud (le debemos casi todo), pero no facilita la intimidad.

Se trata de un libro muy recomendable para todos aquellos (creyentes o no), que estén interesados en la figura de San Pablo quien, como el autor demuestra, es el hombre que más ha influido en la historia de la humanidad; e imprescindible para entusiastas del santo o de cualquiera de sus textos. Ahora bien, debe destacarse que su lectura no es siempre fácil ni en todo momento amena: junto a momentos sublimes se encuentran también puertos de primera categoría (valga el símil ciclístico ahora que empieza la devaluada Vuelta a la también devaluada España). Además, la traducción, aunque precisa, peca de preciosista y se ha quedado algo antigua. En definitiva, que su lectura es una empresa que requiere empeño.

Finalmente –no por menos importante menos gozoso–, la obra esta plagada de consideraciones obiter dicta magistrales (recuerdo ahora especialmente una sobre Lutero y su interpretación sesgada de la Carta a los Romanos), de frases felices y de citas memorables. Por todas, ésta que parece ser de Goethe y que me ha emocionado: “El río en que me baño es tradición y gracia”. Toda una divisa alejandrina para un escudo de armas con el que combatir los tiempos presentes.

[Josef HOLZNER: San Pablo, Heraldo de Cristo. (Trad. José Monserrat, S.I.). 14ª edición, Herder, Barcelona, 1956. 558 págs. ]

16 agosto 2006

Citas

De Josef Holzner: San Pablo, Heraldo de Cristo, Herder, Barcelona, 1989, p. 136:

“Pero también una triste advertencia seria habla a la cristiandad de todos los tiempos con motivo de la triste suerte de esta Iglesia de Galacia. Estas magníficas comunidades, que fueran fundadas entre tan indecibles padecimientos del Apóstol de las Gentes, ¿dónde están ahora? Al que viaja por estos países tan importantes en otro tiempo para la cristiandad, le embarga algunas veces con profunda pena el sentimiento de que cabalga sobre un vasto sepulcro, en el que está enterrada una Iglesia cristiana en otro tiempo grande, a la cual se ha juzgado que ni siquiera merece el trabajo de ponerle una lápida. ¿En qué está lo profundamente trágico de tantas fundaciones de iglesias cristianas en el Asia Menor, Armenia y el Norte de África? Sin duda principalmente en que se apartaron del espíritu de Jesús y de su más grande apóstol, en que hicieron poco caso de las advertencias del Apóstol en su
Carta a los Gálatas, de las amenazas de San Juan en el Apocalipsis a las comunidades de Asia Menor, en que se empedernieron en el servicio de la letra y en exterioridades, degeneraron en sutilezas y celotipias nacionales, y en que finalmente se separaron también con ceguedad de la única fuente de la renovación, que mana de la roca de Pedro. “Si la sal se ha vuelto insípida, ¿con qué la salaremos?" (Lc, 14, 34). Y así galoparon los jinetes del Apocalipsis con la verde bandera del profeta sobre aquella cristiandad convertida en una estepa salina. Aquí tenemos una seria advertencia que aplica a todos los tiempos y a todas las naciones”.

12 agosto 2006

Lecturas veraniegas II


Las
listas son orientativas y los propósitos que contienen pueden alterarse. Después de Flannery, la generosidad de un amigo ha querido que leyese La superstición del divorcio, de Chesterton, en una cuidada edición de Los Papeles de El Sitio, y con un chestertoniano y combativo prólogo de Enrique García-Máiquez. Está bastante bien, con momentos memorables, aunque tiene algunos altibajos. Como regalo para la buena gente aletargada, quizás sea más eficaz la recopilación de textos sobre la mujer y la familia del propio Chesterton, que ha llevado a cabo José Ramón Ayllón. En cualquier caso, ambos libros son altamente recomendables.

La cosa es que, después de este divertimento, me correspondía atacar algún “tocho heavy” y los finalistas eran el Persiles y la Montaña Mágica. Sin embargo, voy a decidirme por el
San Pablo, heraldo de Cristo de Josef Holzner, que tengo en la lista de pendientes desde hace años, y que metí a última hora en la maleta. La elección quizás se haya debido a la recta aplicación del tanto-cuanto ignaciano, o incluso (todo puede ser) a la intercesión de Flannery. Tengo las mejores referencias y la tarea se presume apasionante.

Seguiremos informando.

11 agosto 2006

Ecuánimes

Ahora son los incendios de Galicia (buen artículo de David Torres en El Mundo, recogido por el sagaz Arcadi); el año pasado el de Guadalajara; antes el escándalo del Carmel en Barcelona. Sé que es pregunta ingenua, pero ¿a qué esperan los adalides de la cultura y de las libertades para manifestarse? ¿para cuándo un editorial medianamente crítico con el Gobierno del diario que no depende de la mañana?

Como le pasa a
Enrique, yo trato de no hablar nunca de política con la política (con quienes me llevo muy bien, a Dios gracias). Sólo lo hice una vez con uno de mis “contrarios” cuya cosmovisión es exactamente el reverso de la mía y con el que, precisamente por ello, no había hablado del tema en más de diez años de “ser familia”. Fue en una boda, con un buen puro, y con el mejor rollito posible. Comenzó él: “antes de que empecemos, hay una cosa que no me podrás negar, y es la superioridad moral de la izquierda”. Como fácilmente comprenderéis, ahí termino la cosa. Nunca mais (esta vez sí).

El poeta Zapatero lo dijo con palabras más bellas: “Las ideas de la derecha cotizan en Bolsa, las ideas de la izquierda cotizan en el corazón”. Lo juro, es verdad, lo dijo.

[Lectura recomendada: Rino Camilleri: Los monstruos de la razón, en Rialp. Utopías de los revolucionarios, y antecedente de la educación para la ciudadanía. Escalofriante]



09 agosto 2006

Urge leer a Flannery


Supe de ella, una vez más, por
Aceprensa. Me llamó la atención la referencia a una escritora norteamericana de mediados del siglo pasado (1925-1964), católica, aquejada de una extraña y grave enfermedad, lectora cotidiana de la Summa Teológica y autora de un par de novelas, algunas decenas de relatos cortos y un epistolario. Leí varios de esos relatos y me gustaron, algunos mucho, aunque sin entusiasmarme ninguno. Luego me hice asiduo lector de Compostela, y constaté el fervor que Arp profesa por Flannery. Aquí tiene que haber algo más, me dije.

Así que, siguiendo el consejo del este amigo y guía virtual, la primera lectura de estas vacaciones ha sido precisamente su epistolario, “El hábito de ser” (The habit of being). Lo empecé con el mes y lo he terminado, con emoción, esta madrugada. Recoge la gran mayoría de sus cartas, desde la primera, de 19 de junio de 1948, en la que busca agente literario hasta la que escribió el 28 de julio de 1964, seis días antes de morir con 39 años. Mientras leía las cartas he ido intercalando las lecturas de los principales relatos a los que en ellas hacía referencia (“Un hombre bueno es difícil de encontrar”; “El negro artificial”; “La buena gente del campo”o “El templo del Espíritu Santo”).

El resultado ha sido conmovedor. No voy a contar mucho al respecto, porque ya lo hace
Arp mucho mejor que yo. Simplemente diré que su fe; su razonada pertenencia a la Iglesia; su sentido del humor (he soltado auténticas carcajadas); su carácter; su genio; su fortaleza; su delicadeza; su atención a los demás; su llevanza de la cruz como yugo suave (el padecimiento heroico, sin una sola queja a lo largo de los años, de una enfermedad terrible y las virtudes que de ella supo sacar para su vocación literaria); y su amor sin fisuras a Jesucristo me hacen creer que era santa. Soy consciente de que en estos temas nuestra Santa Madre Iglesia nos invita a ser especialmente cautos, pero de verdad así lo pienso (de hecho, ya hay quien reza “Santa Flannery de Milledgeville, ora pro nobis”).

Urge leer a Flannery. Ahora bien, ojo con dejarse llevar por los clichés (escritora gótica sureña, con gusto por lo grotesco), o por las referencias políticamente correctas de sus editores en español. Hay que leerla sin prejuicios y formarse opinión propia al respecto. Lo mejor es empezar por las cartas y luego sumergirse en su literatura. Vale la pena.

Hoy celebramos la memoria de otra gran mujer, Edith Stein (Teresa Benedicta de la Cruz), filósofa discípula de Husserl, judía conversa al catolicismo, que ingresó en el Carmelo y murió en el campo de concentración de Auschwitz. Juan Pablo II Magno (¡santo subito!) la canonizó y la proclamó Patrona de Europa. En la misa de hoy pediré a la santa por España, por Europa (¡sé tú misma!) y también por Flannery, aunque, como ya digo, creo que fue al cielo como un cohete y allí estará, riéndose a carcajadas, con Santo Tomás.

Y en homenaje a ella, he cambiado el Macallan por el Jack Daniels en mis noches estivales.

03 agosto 2006

Manu


Recién llegados a Estepona después de largas horas de viaje en caravana (no cabemos en un solo coche), me llevo a los mayores a la playa. Sin saber cómo, de repente me encuentro a Manu (4 años) rodeado de avispas enfurecidas. Le saco como puedo de allí y le cuento más de 10 picaduras. Peregrinación al centro de salud, inyección de Urbasón y gracias a Dios (y a las horas extra de su ángel de la guarda) como nuevo. Ha sido un valiente y el mal trago ha pasado.


Cuando lo llevaba en brazos a la carrera desde el lugar del crimen hasta el coche, llorando a moco tendido, gritaba: “¡A las avispas las ha hecho Dios! ¡A las avispas las ha hecho Dios! ¿Por qué ha hecho Dios a las avispas, papá?”. Y yo, resoplando y diciéndole que no son malas, pero que estaban asustadas porque creían que él les iba a quitar a sus hijitos. Lo primero que ha dicho al ver a Carmen es que él no quería robar nada, y que las avispas no tenían oídos, porque si los tuvieran, se lo habría dicho y no le hubieran picado.


Problemas, como diría d’Ors, de teozoología.

31 julio 2006

Hasta pronto

Comienzan las vacaciones. Que otros se jacten de lo que les sea dado escribir, yo lo haré de lo que me será dado leer. Será éste, pues, un blog guadiana. Habrá unos pocos posts a lo largo del mes, en función de los libros que vaya leyendo.

Que descanséis (los que podáis) y que Dios os guarde.

28 julio 2006

Bayreuth


Como todos los años por estas fechas, estos días está teniendo lugar el festival de Bayreuth. Con obvia hipérbole (aunque para los iniciados no desmesurada) se dice que allí puede llegarse en coche o en tren, pero que lo suyo es llegar de rodillas


Este año, el Anillo lo dirige el joven y prometedor Christian Thielemann. Algunos lo consideran llamado tomar el testigo de los grandes (Kna, Fürtwangler, Krauss, Kempe, Walter, etc.). Este año he tenido ocasión de oírle en Ibermúsica con la Filarmónica de Munich (pedazo de orquesta) tocando la Escocesa de Mendelssohn y la Grande de Schubert. Estuvo bastante potente, pero a años luz de cualquiera de los anteriores.


Los españoles tenemos la suerte (todavía) de poder seguir todo el festival en directo por Radio Clásica. Anteayer pude oír el final de El Oro del Rhin, y fue apoteósico. Ayer, entre llamadas de teléfono y reuniones, mal-oí la Valkiria, que no me gustó tanto. Sin embargo, en el intermedio pusieron una grabación del Idilio de Sigfrido tocada nada menos que por el propio Sigfrido, esto es, por Siegfried Wagner (el Sigfrido del idilio no es el welsungo del Anillo, sino el propio Siegfried). No era precisamente hijo y nieto de Camborios sino nada menos que hijo de Richard y Cósima Wagner y nieto de Franz Listz. La grabación tuvo lugar en Londres en 1927. No es que fuese excepcional, pero sí resulto emocionante oírla.


El que pueda, que no se pierda el sábado Sigfrido y el lunes el Ocaso de los Dioses (aunque sólo sea para oír la muerte de Sigfrido). Ambas a comienzan a las 16.00 h.

27 julio 2006

Lecturas veraniegas

Desde hace tiempo vengo preparando la lista de lecturas para este verano. El año pasado llegué con tanta hambre y con tanto para leer que fui a caballo desbocado, sin el necesario asueto. Tan compulsiva fue mi lectura que, al final, tuve la sensación de no haber disfrutado del todo de los Karamazov, cura rural, carmelitas, Gombrich y compañía.

Este año va a ser diferente. Me llevo más libros de los que podré leer (afortunadamente uno no es Robinsón sino más bien parte de la familia Trapp, y hay otros deliciosos compromisos estivales), pero haré una selección in situ y me propondré reposar y disfrutar cada lectura aunque sólo termine leyendo un libro. He aquí mi lista final:

El hábito de ser, de Flannery O’Connor

La montaña mágica y Los Buddenbrook, de Thomas Mann
Manalive, Correr tras el propio sombrero y Breve Historia de Inglaterra, de Chesterton
Los libros Rome at war y Greece at war, de la editorial Osprey
Los ensayos de Hannah Arendt sobre la revolución y el totalitarismo
La versión abreviada por Sommerville del Study of History de Toynbee (tengo los 12 tomos originales, pero es empresa titánica).
Y poesía, mucha poesía.

De momento, tan ferviente es la recomendación de Arp que seguro que empezaré con Flannery. Con el resto, ya veremos.

24 julio 2006

Osprey

Pese a todo, siento una gran admiración por los ingleses. Sí, ya sé de nuestras históricas pendencias, de su arrogancia, de su promasonería y de su anticatolicismo (con contadas pero excelsas excepciones). Puede que el 90% sean hooligans, que su monarquía esté de capa caída (no buscaré simetrías), que no tengan ni un filósofo que valga realmente la pena (salvo McIntyre, pues los empiristas no dan mucho de sí), y que salvo Purcell, Dowland y Elgar, sus músicos sean de segunda fila. Aun así, me reafirmo en que resultan admirables.


Un reciente motivo para reafirmar mi admiración ha sido el descubrimiento de la editorial Osprey, dedicada monográficamente a la historia militar. Centenares de libros que abarcan toda la historia, desde los hititas hasta la guerra del golfo. Tienen un formato atractivo y un papel estupendo, están llenos de ilustraciones y, huyendo de la erudición, su finalidad es meramente divulgativa, sin por ello caer en la superficialidad. He leído el de las guerras púnicas y es estupendo. Además, me dicen que el tratamiento de España es ecuánime (hay libros sobre el Cid y la Reconquista, la guerra de guerrillas y hasta sobre la División Azul). Si el mes de agosto da de sí todo lo que espero (anheladas lecturas veraniegos), le hincaré el diente a “Rome at war”. Ya veremos.

21 julio 2006

Into great silence

Philip Gröning es un director de documentales agnóstico, al que siempre le había atraído la vida de los cartujos, cuya regla es la más dura de todas las órdenes monásticas (pasan prácticamente todo el tiempo en el silencio más absoluto). Parece ser que hace quince años, este individuo tuvo la osadía de pedir al prior de la Gran Cartuja de los Alpes suizos, casa-madre de la orden, que le dejase entrar en el monasterio con su cámara para rodar un documental. Sorprendentemente, el prior no le dijo que no, sino simplemente que era algo prematuro y que ya le diría algo. Quince años después (benditos tiempos de la Iglesia) accedió a su pretensión. Gröning estuvo seis meses enclaustrado con ellos (y con su cámara). El resultado ha sido una película de casi tres horas, Into Great Silence, que ha obtenido numerosos premios, y un considerable éxito de espectadores en Alemania, Francia y Suiza. Su sitio web oficial es éste, y puede verse un magnífico trailer aquí.


No tengo noticias de que se haya estrenado en España, al margen de un parece que discreto pase por el
festival de cine de Sevilla. Habrá que esperar a que salga en DVD para verla y darle toda la difusión posible.


Siempre me ha emocionado el lema de los cartujos: Stat crux, dum volvitur orbis (la cruz permanece, mientras el mundo da vueltas).

20 julio 2006

Siegfried (West)

El amor de los efebos es y será siempre arcano para mí, mas no así la música de ese teutón que llaman Wagner. Es, junto con Beethoven, Brahms y Bruckner, y a salvo del gran Bach (no hay nada como La Pasión según San Mateo), de mis músicos favoritos.


Hace un par de años fui a ver Siegfried al Teatro Real. La escenografía, contenida e insulsa, pero al menos sin el mal gusto de trasladarnos a Chicago años 30, a la Italia fascista, o a un lupanar (carnavales inútiles al modo de aquellos libretos parasitarios de los que abominaba Pierre Menard). La orquesta y los cantantes, correctos tirando a buenos, y por encima del resto una Brünhilde muy potente cuyo nombre he olvidado. Todo era manifiestamente perfectible, pero pasé un rato estupendo. Me pasó algo parecido a lo que afirmaba Borges, en el prólogo a su traducción de “Hojas de hierba” de Whitman, cuando compara su trabajo con una representación de Macbeth a la que decía haber asistido: aunque «la traducción era no menos deleznable que los actores y que el pintarrajeado escenario, salió a la calle «deshecho de pasión trágica». Shakespeare se había abierto camino; Whitman también lo haría, conjeturaba Borges. En mi caso, Wagner, desde luego, pasó por encima de las mediocridades apuntadas, y del penoso y caro libreto (donde no faltó el peaje a los tiempos que corren con un obligado artículo sobre “Siegfried ¿bisexual?” y otro conjeturando que Franco ganó la guerra porque Hitler venía de oír esta ópera cuando decidió ayudarle).


Ahora, lo de ayer en El Escorial fueron palabras mayores. Era una versión en concierto, aunque vistas las últimas escenografías y el propio estatismo de esta ópera, casi se agradecía. La Orquesta Sinfónica de París, estupendamente dirigida por Christoph Eschenbach (tengo discos suyos como pianista de principios de los 70, y ayer parecía un chaval). Evgeny Nikitin, un enorme ruso (de 1972, ¡ay!) que se adivinaba repleto de tatuajes y que parecía pertenecer a alguna mafia marbellí, compuso un Viajante muy convincente. Volker Vogel, excelente actor, dio vida a un Mime repleto de matices, y el resto de los cantantes estuvieron a una notable altura (a excepción de una Brünhilde esta vez algo cortita). Pero por encima de todos ellos brilló imponente Jon Fredric West, que se marcó un Siegfried para el recuerdo. ¡Qué tío! Desde luego, de largo, el mejor Siegfried que he visto. Se dice que ahora ya no hay perfiles de Heldentenor, pero debían de ser algo muy parecido a este corpulento y potente chaparrete americano. Cinco horas a pleno rendimiento para acabar como si tal cosa, comiéndose con patatas a una Brünhilde recién salida para la última escena, y casi a la propia orquesta. Dicen que, cuando esta ópera se empezó a representar, los tenores morían en escena o a los pocos días, consumidos por el entusiasmo y sobre todo extenuados por la exigencia del papel (y por la falta de dominio de la técnica del canto). No me extraña.


No puedo evitar una profunda melancolía cuando pienso que esa Europa que nos dio estas maravillas se está perdiendo, consumida por su propia decadencia y por renegar de sí misma. Europa, ¡sé tú misma! pedía San Juan Pablo II en Santiago de Compostela (mis recuerdos a Arp). Recemos con esperanza por que así sea.

19 julio 2006

Swing

Esta mañana tengo lío, y esta tarde (D.m) voy a oír Sigfrido en El Escorial, así que voy con más prisas de las habituales. Sin embargo, los que sepan lo endiabladamente difícil que es darle a la bolita, disfrutarán de este vídeo.

18 julio 2006

Agustín de Foxá

Hoy, no sé por qué, me acuerdo de Foxá. La efemérides podría invitarme a transcribir poemas como “La brigada del amanecer”, o “Aquel barco con nombre de isla”, o “Trincheras del frente de Madrid”. O incluso a recomendar vivamente (antes de que sea delito, todo llegará) la lectura de “Madrid de corte a checa”. Sin embargo, lo que al recuerdo que me viene es este magnífico poema, de lo mejor de su obra:

LOS PESCADOS MUERTOS

En las pescaderías hay olas despojadas,

y bajo las bombillas,

acuarelas de añil y barcas rojas.

Carne rosa, tendida sobre trozos de hielo,

¡Oh pescados, odiados por el aire!

porque nunca halló dóciles pulmones.

Salmón rosa, manchando con una sangre anémica

los helechos. ¡Oh anguila!

serpiente azul, sin pájaros.

¡Oh langosta guerrera!

con el yelmo calizo y el ojo sobre un tallo.

Rueda de las sardinas, como un duro de aceite.

Cangrejos de agua amarga.

¡Oh pálidos pescados!, que visteis los corales,

aletas que rozasteis las esponjas,

y esas ostras enfermas de perlas, que ambicionan

las más altas diademas.

¡Oh pescados, flotando sobre las minas de oro!

Se están vendiendo olas; se envuelven en periódicos

los ojos abultados que vieron los naufragios.

Hay carnes de tormenta en modestas cocinas,

y al salir la tostada luna entre los faroles

un ansia de marea mueve estos cuerpos muertos

que, a través de los cierres, escuchan a la lluvia

como rondalla última que les envía el mar.

Orejas de burro

Como me recuerda un buen amigo, con la delicadeza de no corregirme en público, el arce es un árbol (además de un excelente restaurante de Madrid), y el bicho con cuernos es el alce. Dámaso bruto, bruto, bruto. Podría alegar en mi descargo que el lapsus viene motivado por el primer comentario de Juan Ignacio al post de Enrique García-Máiquez, o aludir a las prisas, nunca buenas, con las que entro y salgo del blog. Pero no hay parvedad de materia, así que es mejor expresar mis humildes disculpas cibernéticas e imponerme la penitencia de este post (ahora lo de escribir algo cien veces es fácil con el cortar-pegar).

16 julio 2006

Quidditas

Dice el gran Arp, con base en un post de Enrique García-Máiquez en el que cita a Rocío Arana, que no sabe exactamente qué tiene que ver el arcear del arce con la quidditas. La verdad es que los comentaristas a esa entrada, entre los que me incluyo, estuvimos metafísicos (y eso que al menos yo sí como).


Hasta donde llega mi amateurismo filosófico, la quidditas equivale a la esencia de las cosas, lo que las hace ser lo que son. Al arce le hace ser arce la "arceidad", que es su esencia, como a la mesa la "meseidad". ¿Qué es lo que hace a una mesa ser mesa? ¿qué la diferencia de una silla? No desde luego el color, ni el número de patas, ni el material de que está hecha. ¿Y al arce ser arce? Ni el pelo, ni las patas ni los cuernos. Todo eso son accidentes, y lo que les hace ser lo que son es la esencia. Lo que pasa es que nosotros somos capaces de conocer las esencias, no porque tengamos ideas puras platónicas, sino porque tenemos entendimiento agente y podemos abstraerlas de la materia sensible. La materia individualiza, la forma caracteriza.

14 julio 2006

El brillo de la familia

Un buen artículo de mi amigo Tomás Alfaro (qué pena que no tenga blog):
Es difícil encontrar un fenómeno de masas semejante. Año tras año, ya sea Juan Pablo II o Benedicto XVI, ya se trate del encuentro de la juventud, ya del de las familias, el Papa levanta multitudes. Y no lo hace por llamarse Woytila o Ratzinger o por tener más o menos carisma personal. Quienquiera que hubiese sido elegido pontífice en el último cónclave hubiese desatado el mismo entusiasmo que ha despertado la visita de Benedicto XVI. Porque el que levanta entusiasmo es el sucesor de Pedro, el padre espiritual de los católicos, se llame como se llame. Es el representante de Cristo en la tierra quien da cita a multitudes. A multitudes que aguantan horas bajo un sol de justicia para verle un momento por amor a Dios. Les guste o no a los que decían “nosotros no te esperamos”, el amor a Dios, el amor a Cristo y el amor a su Iglesia y, por tanto, el amor al ser humano, es lo que mueve a esos millones de personas y este amor, sí les espera a ellos. Y los católicos, que a veces parecemos como aletargados, como escondidos, como un poco avergonzados, salimos a la luz para decir: aquí estamos para defender lo que creemos.

Esta vez nos ha congregado la familia. Benedicto XVI ha dicho palabras preciosas para hablar de ella, para defender su modelo único, basado en el amor de un hombre y una mujer que se comprometen ante Dios a dar vida, educar y formar como cristianos a unos hijos que aceptarán de Él como un don precioso. Un amor que tiene que ser para toda la vida porque esa misión no es por un tiempo, no es mientras haga ilusión, no es un capricho. Es una misión que no acaba nunca y que, como también nos ha recordado el Papa, se continúa en los hijos de los hijos y viene desde los abuelos de los abuelos en una línea ininterrumpida desde hace milenios para formar hombres de amor, sin los cuales, el mundo moriría.

Pero, con todo, más vale una imagen que mil palabras. Nada más maravilloso que esas imágenes con las que las cámaras nos regalaban al pasearse por el público. Aquí, un padre y una madre, con sus hijos alrededor y los más pequeños dormidos en sus brazos cuando ya se había pasado la hora en que normalmente se van a la cama y les vencía el sueño. Allá, una familia con sus tres generaciones, los abuelos, con la misión casi cumplida, los varios hijos en la fase del máximo esfuerzo para sacar adelante a una patulea, un clan de primos incansables que no hay manera de sujetar. A buen seguro no es en estas familias, nos lo dicen las estadísticas y el sentido común, en las que se da el devastador fenómeno de la violencia de género.

Y mientras, unos pocos pobres miopes, ciegos a lo que no quieren ver, protestan por el gasto que esta reunión haya podido suponer. No les importa, sin embargo, cuanto cueste el día del orgullo gay. La familia, y por lo tanto este acto, es el mayor bien que una sociedad pueda tener. Un bien inapreciable, impagable para los que luchan por él, que lo hacen, sin embargo, desinteresadamente, por puro amor. Aquella pobre gente debe pensar que el desfile de los “drag queen” es más valioso que el acto cívico de este fin de semana. Desgraciadamente, hay cosas que una sociedad no se da cuenta de lo que valen hasta que se pierden. No es fácil que se pierda la familia. Es un diamante que resplandece a poca luz que le dé. Ningún legislador miope, ningún gobierno ofuscado o resentido, ningún pobre hombre que quiera proponer modelos alternativos esperpénticos podrá matar ese brillo que este fin de semana hemos podido ver esplendoroso y que Benedicto XVI ha venido a resaltar. Pero si un día, debido a la miopía, estupidez o envidia de legisladores, gobiernos o pobres hombres, llegase a perderse, la humanidad entraría en una de las épocas más oscuras de su historia. Así que, más vale que se dejen de experimentos insensatos y que los que con nuestro esfuerzo cotidiano sacamos heroica y anónimamente adelante nuestras familias, y con ellas a España, sepamos defenderlas valientemente con nuestro testimonio y, si es necesario, con nuestra protesta ciudadana.

12 julio 2006

Alfonso Querejazu (II)

Más de Olegario sobre su maestro (¡vaya dos!):

“Don Alfonso, digámoslo en su honor, era ante todo un educador. Si tuviéramos que ir a la búsqueda de una palabra que le definiera, yo no creo que la palabra apropiada fuera profesor y menos filósofo, en sentido estricto. Tampoco quiso ser intelectual en sentido riguroso, ni un escritor. Él era ante todo un despertador y formador, forjador y alentador. Formar hombres, forjar proyectos, alentar ilusiones. Yo creo que ésa es la expresión más plena de transmisión al otro no sólo de saberes sino de la entera vida. Casi treinta generaciones de seminaristas hemos pasado por su clase. Probablemente no podríamos recordar hoy qué nos dijo ni retengamos ya casi nada, pero en la medida en que le fuimos oyendo año tras año fuimos despertando a humanidad, siendo seres nuevos tras dejar de ser como éramos, descubriendo nuevas posibilidades, sintiendo altas ilusiones, haciéndonos renacer a otra posibilidad y forma de vida, con la ilusión percibida como un pájaro en el cielo azul, la esperanza de llegar a ser alguien, el horizonte abierto de la realidad. Eso es lo que nos quedaba de D. Alfonso. Quizá no llegásemos a establecer la conexión entre presocráticos y Sócrates; quizá no supiéramos muy bien diferenciar a Shelling de Fichte, pero nos íbamos haciendo hombres y al final del curso éramos distintos. Esa educación, que es mucho más que los saberes dictados en clase o contenidos en libro, lograba despertar en nosotros la ilusión, sostener la atención, sembrar esperanzas; en una palabra, ser capaces de ser y de vivir libres en el mundo. La eficacia de su palabra había llegado al nivel del ser constituyéndolo, y no simplemente al nivel de las potencias, informándolas. A lo largo de la vida, uno ha ido teniendo maestros de cosas y maestros de persona, lo mismo que hay libros que rigurosamente se llaman “Lecciones de cosas” y otros, por el contrario, son más bien “Lección para persona”. De esas cosas que no se pueden encontrar en los libros fue maestro para nosotros don Alfonso. Maestro de cómo ser hombre, ser fiel a Dios, entregar la vida gozosamente a la verdad o al evangelio de Cristo para anunciar a los hombres, de cómo mantener la elegancia y la esperanza sumadas, unidos Sócrates y Jesucristo, sin mezclarlos pero sin separarlos tampoco. Un hombre limpio y libre puede quedar reducido a vivir en dos metros cuadrados, pero, si le dejan la palabra libre y cercano al prójimo, suscita un mundo con su pensamiento y con su ilusión engendra en los demás vida nueva.

D. Alfonso fue para nosotros sus alumnos el alumbrador de la verdad, que está más allá del lugar; aquélla que se enciende en cada corazón, que hace libres y serviciales, que se deja sentir viniendo de Dios y orientando hacia Dios.”

Leon Bloy

El sutil Arp nos recuerda una excelente carta de Bloy. He aquí otra cita suya (de Bloy), que lleva a cabo Raïssa Maritain en Las grandes amistades, y que nos proporciona una bellísima descripción de los sacerdotes y de los fieles laicos:

“Por más que se adore la riqueza, escribe Bloy, en “La sangre del probre”, existe un prejuicio que milita obstinadamente por la pobreza. Es como si la muy modesta lanza que atravesó a Jesús hubiera atravesado todos los corazones. Aquella llaga no se cierra después de veinte siglos. Están allí los innumerables que se lamentan, mujeres, ancianos, niños; están allí los vivos y los muertos. Todo aquel pueblo sangra, toda aquella multitud echa sangre y agua del centro de la Cruz de la miseria, en Oriente en Occidente, bajo todos los verdugos, bajo todas las plagas, entre las tempestades de los hombres y las tempestades de la naturaleza, ¡hace ya tanto tiempo! Esa pobreza es la inmensa pobreza del mundo, la total y universal pobreza de Jesucristo. ¡Es preciso que esto se tenga en cuenta y se recupere!.

Existen también los sacerdotes, que no son del mundo, los sacerdotes pobres o los pobres sacerdotes, como se quiera llamarles, que no saben qué es el no ser pobre, pues nunca han visto más que a Cristo crucificado. Para ellos no hay ricos ni pobres; no hay más que ciegos, en número infinito, y un pequeño rebaño de clarividentes de los cuales ellos son humildes pastores. Están juntos, como los hebreos en Gesé, solos en la luz, en medio de las tinieblas palpables del viejo Egipto. Cuando extienden los brazos para rezar, la extremidad de sus dedos toca las tinieblas”

Bloy, Peguy, Bernanos, Claudel, Maritain, Guitton… ellos sí que son el pequeño rebaño de clarividentes entre las tinieblas de la Francia laicista y jacobina. Qué gran ejemplo para nosotros, con la que esta cayendo.

11 julio 2006

Palíndromos

Desde luego, el mejor es el celebérrimo "dábale arroz a la zorra el abad". También es estupendo el existencialista "¿somos o no somos?". He aquí algunos otros no exentos de interés:
· Échele leche

· Saca tú butacas

· Logré ver gol

· Ana, lleva al oso la avellana

· Le avisará Sara si va él

· No bajará Sara jabón

· Señor goloso logroñés

· La ruta natural

· Adela ya le da

· A cavar a Caravaca

· Es Adán, ya ve, yo soy Eva y nada sé

· A mamá Roma le aviva el amor a papá
y a papá Roma le aviva el amor a mamá

· Nuria, sonría y ate la maleta y
a irnos a Irún

· A lo loco lo colocó Lola

· Salta Lenin el atlas
(Cortazar dixit)

· Ateo por Arabia iba raro poeta

· Oro, oso, asa, ala, anilina, solos, reconocer

No sé si en otros idiomas habrá tantos (me cuesta creerlo). Sólo me sé uno en francés, que no está nada mal: "L’âme des uns jamais n’use de mal".