03 octubre 2006

Premio nacional de poesía

¿Te sorprendes, querido Enrique, de que se lo den a Bonald y no a d'Ors? Ya sé que no. Ni el maestro tampoco, acuérdate de su poema:

DONDE EL POETA SE DESPIDE DEFINITIVAMENTE DEL COTARRO

Adiós, adiós revistas, premios, antologías,
fulgores de El País y el Segundo Canal,
adiós generación del 70, divino
tesoro, te he perdido para nunca jamás.


Para ser comunista me falta la langosta
(que no es poco faltar)
y, como don Antonio, tampoco soy un ave
de ésas (menudos pájaros) del nuevo gay trinar,
y no versificando ni a la izquierda
ni debajo de nadie, ustedes me dirán.


Adiós entonces, fama, adiós obras completas,
adiós escalinatas hacia Carlos Barral,
adiós muchachos, nunca compañeros
de mi vida (a Dios gracias –y gracias además
a los sabios consejos sobre las compañías
que me dio mi papá–).

Pero todos felices: la Poesía
y yo tendremos más intimidad,
y vosotros qué gozo: en la carpeta
de Félix Grande un poco menos de original
y un poco más de alfalfa en los amenos prados
del Parnaso local.


5-IX-82 [de Es cielo y es azul]

Anton Bruckner

Comienza la temporada en Ibermúsica, y nos estrenamos con la Bayerisches Staatorchester, dirigida por Kent Nagano. El programa, de lo más apetecible: el Idilio de Sigfrido de Wagner y la Cuarta Sinfonía (Romántica) de Bruckner, en su versión original. Todo correcto pero demasiado plano, sin emoción (pecado grave con un programa como éste). Además, la Cuarta, auténtica puerta de entrada al universo bruckneriano, es mejor oírla en la versión de Haas que en la original.

A pesar de los pesares, volver a encontrarse en vivo con Bruckner, ese "místico gótico extraviado por error en el siglo XIX" (como lo definió Fürtwangler), ese "católico medieval arrojado al turbulento mundo de Wagner" (Paul Henry Lang), es toda una experiencia. No se puede sacar más de una orquesta sinfónica y, al menos para mí, sólo Bach puede comparársele en trascendencia y misticismo.

Algunos extractos del iluminado texto de Arnoldo Liberman que ilustraba el programa (de donde también proceden las citas anteriores):

"Este trovador de Dios (como llamó Liszt a Bruckner) era a la vez un hombre rústico, ingenuo y torpón ... que saciaba largamente sus sentidos con el festín gastronómico de un plato de knodel, que su [rectius, cuya] cachaza era motivo de mofa en todo el conservatorio de Viena, que justificaba el nacimiento de su Novena Sinfonía (una de las más hermosas nacidas de su estro) porque un bocadillo de pan con queso lo había inspirado, que su humildad rayaba en lo insólito, que a veces caía en torpezas inexplicables, este personaje, digo, significaba no sólo el espíritu dionisíaco al servicio de la música, sino al servicio incondicional de la Creación [¿es Bruckner o Chesterton?].
...
[Bruckner] proclamaba que si el público quería oír la música del hombre escuchara a Brahms y que sólo si quería oír a Dios escuchara sus sinfonías. Porque Bruckner no es sólo la montaraz inocencia del estremecimiento, sino que se trata del estremecimiento de una epifanía. Bruckner no sugiere que podemos ver a Dios, sino que es posible oírlo y que para ello no debemos estar dispuestos sino expuestos".

A todo aquél que quiera iniciarse en este genio absoluto de la música le recomiendo que comience por esta Cuarta (en las versiones de Celibidache o de Böhm), o por la Séptima (Barenboim u otra vez Celibidache). Y que vaya poco a poco. No se arrepentirá.

02 octubre 2006

Ángeles custodios

Ángel del Señor, que eres mi custodio,
puesto que la Providencia soberana
me encomendó a ti,
ilumíname, guárdame, rígeme
y gobiérname en este día.
Amén.

Paracaidistas en Guecho


La noticia aparece en Minuto digital y en algunos otros medios. Con ocasión de unas maniobras del Ejército, miembros de la brigada paracadista aterrizaron en la playa de Guecho (Vizcaya). Aunque el Gobierno vasco se ha quejado, la inmensa mayoría de los que allí estaban prorrumpió en aplausos y vítores a España.

También estaban los valientes gudaris proetarras, se supone que para montar una "playa borroka". Sin embargo, como se ve en esta foto que me manda un amigo, no parece que se atrevieran ni a levantar la voz. Más bien, miraron para otro lado.

Tan valientes como siempre.

27 septiembre 2006

Flannery y d'Ors

Me encuentro con que sobre Revelation se ha escrito mucho, desde breves comentarios hasta sesudos artículos.

Ayer comentaba que me parecía ver una relación entre este estupendo relato de Flannery O'Connor y un poema de d'Ors ("Oración por nosotros, los de siempre", en Sol de noviembre). Pues bien, tal relación, que yo vanamente atribuía a mi sagacidad y a mi capacidad de interrelacionar, ha resultado ser una conexión clara, tal y como pone de manifiesto Arp en su comentario a mi entrada de ayer, y tal y como reconoce el propio d'Ors, según dice Enrique.

Pensaba resumir el relato, transcribir el poema y justificar mi hallazgo, pero es empresa harto ambiciosa para este modesto blog y para mi capacidad y disponibilidad. Prefiero limitarme a recomendar vivamente la lectura de ambos textos, que no tienen desperdicio.

Por mi parte, me limito a constatar la obviedad: la conexión no sólo es clara, sino también perfectamente explicable. No es que Miguel se haya inspirado en Flannery, ni que Calíope (o Érato o Talía, o la que fuese) sugiriese las mismas ideas en Milledgeville que en Granada. Es, lisa y llanamente, que una y otro son cristianos católicos (y no de esos que van por ahí mendigando opiniones). Es por tanto perfectamente explicable, si no fatal, que su creatividad literaria haya plasmado del modo en que cada uno sabe (ella con un relato, él con un poema) la constatación que todos realizamos cuando nos miramos en el espejo del examen de conciencia: ¡cuántas veces somos el hijo mayor de la parábola o el rico Epulón!.

Perdónanos, Señor.

26 septiembre 2006

Más sobre Flannery


He terminado los Spiritual writings de Flannery O'Connor. Como decía en una entrada anterior, se trata de una recopilación sus textos para una colección titulada Modern spiritual masters series. Está compuesta por fragmentos de muchas de sus cartas recogidas en The habit of being (principalmente las dirigidas a A.), y de sus dos novelas, Wise blood y The violent bear it away. La recopilación se lleva acertadamente a cabo por bloques temáticos (el realismo cristiano, la Iglesia, su vocación a la escritura como apostolado, y las razones de la alegría y del sufrimiento), y su lectura es fácil y amena. Puede ser un buen regalo para quien quiera dar a conocer, más allá de sus relatos, la faceta humana de esta escritora católica rayana, si no plenamente incursa, en la santidad.

Lo curioso es que, en medio de tales capítulos se inserta uno de los últimos relatos de Flannery, Revelation, en su integridad. Pertenece a la recopilación Everything that rises must converge (título tomado de Teilhard de Chardin, a quien Flannery admiraba), bajo la que se agruparon sus últimos cuentos, probablemente los mejores. Los autores justifican el excursus alegando que es el paradigma de la literatura y de la cosmovisión católica de Flannery. La elección me parece muy acertada, y la ubicación del relato me ha hecho prestarle más atención (y disfrutar más de él), que cuando lo leí en español, en la edición de sus Cuentos completos . Y, además, me ha evocado un memorable poema de Miguel d'Ors - aunque hablar de memorable poema en d'Ors es un pleonasmo-, al hermano mayor de la parábola del hijo pródigo y al rico Epulón.

A ver si mañana tengo más tiempo y cuento por qué.

24 septiembre 2006

Conrad

Tarde lluviosa en Madrid. Merodeo por la biblioteca (siempre pendiente de ser ordenada) y me encuentro con Conrad. Como a tantos otros, llegué a él a través de Borges, y lo leí con entusiasmo. Lord Jim, Juventud, De vuelta al mar (en una excelente traducción de un jovencísimo Javier Marías: el pluscuamperfecto inglés de Conrad me supera en no pocas ocasiones), Los duelistas, y El corazón de las tinieblas, me fascinaron. Pero, pasados los años, lo que más perdura en mí de él no es toda esa literatura, sino un "ensayo" sobre el arte camuflado de prólogo a una obra suya que considero menor.

La obra no es otra que El negro del narcissus, una novelita que narra la opresiva presencia de un enorme negro, antipático y enfermo, en una travesía de Bombay a Inglaterra, y su sofocante influjo sobre la tripulación y el viaje. Me gustaron más otras, pero tiene fragmentos que son Conrad en estado puro. Sin embargo, lo que se sale de lo normal es su prólogo, como digo, todo un ensayo acerca de la creación artística. Comienza nada menos que así:

"A work that aspires, however humbly, to the condition of art should carry its justification in every line. And art itself may be defined as a single-minded attempt to render the highest kind of justice to the visible universe, by bringing to light the truth, manifold and one, underlying its every aspect".

Y de ahí va in crescendo. ¿Por qué lo puso ahí? ¿era consciente de la profundidad de su pensamiento y de su capacidad especulativa, más allá de su creatividad literaria? Lo ignoro con perfección, pero os recomiendo que no os perdáis esta joya.

21 septiembre 2006

Diversity (II)

¡Qué maravilla tener lectores críticos! Tiene razón Enrique Baltanás: mi entrada de ayer está pésimamente argumentada.

La unanimidad será buena o mala según confluya en la verdad o en el error, esto es, según se adecue o no lo pensado con la realidad. La unanimidad acerca de los primeros principios o acerca de la existencia de un Dios omnipotente, bueno, encarnado y redentor sería maravillosa (y, según sabemos, llegará algún día), porque es verdad. No es deseable el disenso en esto. No creo que el disenso sea en sí mismo necesario, ni tan siquiera como método de conocimiento (dialéctica, falsación, duda metódica, etc.), aun admitiendo que hay que estar muy vigilante para no creerse en posesión de la verdad que además, según sabemos por el Oso Von Balthazar, es sinfónica y no "solista". Esto no me plantea especial problema. Además, yo no hablaba de unanimidad, sino de unidad.

La diversidad no es en absoluto condenable, en cuanto diversidad. Pocas cosas más genuinamente católicas que lo diverso (en el accidente) siempre que sea unitario (en la esencia). Que se lo pregunten a S. Pablo en su debate con los "unitarios" judaizantes, gracias al cual nosotros no somos creyentes "de segunda" (ni estamos circuncidados, un dolor menos). O que se lo pregunten a S. Francisco Javier, cuando le tenían que ayudar porque se le cansaban los brazos de tanto bautizar a "diversos" asiáticos.

El problema está cuando se fomenta la diversidad porque se sostiene que todo son opiniones (magistral poema de d'Ors al respecto) y que no hay un criterio sobre nada que pueda imponerse sobre otro (relativismo). Cuando se dice que Platón y Aristóteles no son más que "varones blancos muertos", cuyas opiniones son tan válidas o inválidas como las de cualquier gurú con taparrabos o cualquier psicosocioestructuroargentino (d'Ors again). Nuevamente ello parte de la base de que la realidad no existe o al menos no es cognoscible. El primer principio de no contradicción (una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo bajo el mismo aspecto), no admite diversidad (sé que tú no decías esto, Enrique).

Por otra parte, todos en cuanto personas somos únicos e irrepetibles (Dios sólo sabe contar hasta uno, Péguy dixit) , y tenemos los mismos derechos fundamentales. Sin embargo, creo que hoy se ven derechos por doquier, sin que verdaderamente sean tales. Pese a lo que digan los tribunales (incluido, ay, nuestro Tribunal Supremo), no hay un derecho a la indemización de los padres por wrongful birth (les indemnizan porque el hospital no les avisó a tiempo de la enfermedad del feto y no pudieron abortar); ni hay un derecho a que los padres sordos digan que su sordera no es un defecto, sino una alternativa, y exijan manipulación genética para tener hijos sordos; ni un derecho al "matrimonio" homosexual o a la adopción por homosexuales, que es uno de los paradigmas de la diversidad. Y, ¡qué pena!, yo no tengo derecho a escribir entradas tan buenas como las de Enrique Baltanás, ni a ser un poeta como García-Máiquez, ni a tener la capacidad de observación de Arp. Ya me gustaría.

El tema de la discriminación positiva me parece más serio que el de la diversidad, y anticipo que no lo he estudiado a fondo. Sin embargo, aun a riesgo de equivocarme, creo que no hay que sobreproteger a los arrinconados. En primer lugar, porque es muy difícil que haya igualdad en todo en dos candidatos para que sólo haya que elegir a uno porque esté perseguido o arrinconado, y se presta a injusticias. Y en segundo lugar, porque cuando se ha llevado a efecto, a la larga ha repercutido en falta de calidad o de excelencia. Recuerdo vagamente un artículo magnífico en Aceprensa sobre un colegio público en una zona difícil de Estados Unidos, que en los años 50 era puntero y que con la discriminación positiva se fue al garete. Creo que hay que ser meritocrático-caritativo, que no es lo mismo.

Y una nueva loa de la unidad y una crítica a la diversidad (dispersión) está en las palabras del Señor a Marta, cuando ésta le pide que reproche a María que no la ayude: frente a la inquietud y dispersión de Marta solo hay una cosa importante que es la que elige María, y no se la quitarán.

20 septiembre 2006

Diversity

La dichosa palabrita va de boca en boca. No hay conferencia de gestión de despachos donde no se repita hasta la saciedad. Para ser un gran bufete -se dice-, hay que fomentar y promover la diversidad. ¿Que qué es eso? Pues básicamente el rechazo a toda identidad fuerte, y la entrada de la discriminación positiva y del aquí todo vale. Para ejemplo, la página web de un despacho americano de postín, Cadwalader, donde se apuesta por la diversidad de género, de raza y cómo no, de identidad sexual:

"The Firm supports a variety of gender, racial, ethnic and sexual orientation diversity programs, organizations and associations (...) Cadwalader also provides philanthropic and pro bono support for the LGBT community. In addition to direct mailings by gay Cadwalader attorneys to students who are members of gay campus groups and sponsoring receptions for gay students at New York City law schools, the firm supports, and has been involved with, a number of lesbian, gay and bisexual organizations".

Desde luego, la conclusión inmediata es que se trata de una decantación del principio de corrección política y de una consecuencia del relativismo moral. Pero creo que admite también una lectura sobrenatural. Para mí es una manifestación más de dónde llega el hombre cuando prescinde de Dios(nosotros solos podemos): a la torre de Babel. Justo lo contrario de lo que sucede cuando Dios entra en nuestras vidas. Entonces la consecuencia es exactamente la contraria: la unidad, esa unidad (ut unum sint) que Cristo anhelaba para los suyos en la oración sacerdotal.

19 septiembre 2006

American Gothic

Espoleado por Arp y por Mora-Fandos, continúo contando "lo que veo" en Chicago, a pesar de mis limitaciones (no es falsa humildad, ya dijo Santa Teresa que la humildad es la verdad).

Otro de los cuadros memorables del Chicago Art Institute es éste que Grant Wood pintó en 1930, titulado American Gothic. Creo que el impacto que produjo cuando se exhibió por primera vez, fue considerable, y que de este título viene la denominación de determinado género como "gótico sureño", en el que algunos encuadran a la admirada Flannery O'Connor. El cuadro es magnífico. Por mi parte, y sin querer menospreciar a nadie, creo que por la dureza y severidad de los rostros y por la actitud hierática, esta pareja sólo puede ser protestante, y no católica. Me parecen la versión americana del matrimonio Arnolfini o de cuadros flamencos similares (obviamente de otra época pero con analogías que me parecen claras, Mora-Fandos, dime algo, please). Debe de ser durísimo no tener el consuelo del sacramento del perdón.

En cualquier caso, después de disfrutar contemplándolo, no pude dejar de acordarme de los relatos de Flannery. A la salida fui raudo a una librería y he comprado Wise blood; The violent bear it away y Everything that rises must converge, así como dos libros más que no conocía, Mystery and manners (una recopilación de textos suyos que incluye el prólogo al libro Memoir of Mary Ann al que tanto se refiere en sus cartas), y una selección de sus textos recopilada para una colección titulada Modern spiritual masters series, en la que también están sus admirados Simone Weil y Theilard de Chardin, Edith Stein, Santa Teresita, y otros (incluido, ay, el infausto Anthony de Mello). Esta recopilación de Flannery la hace un tal Robert Ellsberg, y tiene una estupenda introducción de otro tal Richard Giannone, que se convirtió al catolicismo gracias a Flannery. Me relamo de gusto con las nueve horitas netas de vuelta de avion que me esperan para hincarles el diente.

Chicago

Estos días estoy en Chicago, en un congreso de la International Bar Association. Antes he estado con bastante lío, y no he podido actualizar el blog. Es una pena, porque la cosa está que arde. Mis disculpas a los dos o tres que me leen.

En cualquier caso, esta mañana me he escaqueado del congreso y me he pateado el Art Institute , muy completo y con algunas joyitas. Hay seis cuadritos de Goya describiendo la captura del bandido Maragato por Fray Pedro de Zaldivia, que son una delicia (primero el bandido le apunta con un trabuco, luego el buen religioso forcejea con él, le quita el arma y le pega un tiro en una pierna, lo reduce y lo entrega a la justicia). Toda una alegoría de la Iglesia y de su papel en los tiempos que corren.

Luego me he dado un paseo por el Loop, y no ha estado mal. Se supone que arquitectónicamente es la caraba (Mies van der Rohe, Bauhaus, etc.), pero soy bastante zote en lo que a gusto por la arquitectura se refiere.

Ya me gustaría tener la capacidad de observación que Arp ha demostrado con sus crónicas austriacas, porque Chicago tiene mucho interés, pero no la tengo.

11 septiembre 2006

Disfrazado de nada, como sueles

Decía Arp en un comentario a mi anterior entrada que a la kenosis o anonadamiento de Cristo, nunca acabas de verle el fondo. Qué cierto es. A raíz de ello, me han venido a la memoria estas palabras con que Miguel d’Ors agradece al Creador un segundo casi extático de contemplación del azul del cielo y del amarillo de no sé qué árbol (seguro que un arce no). Pertenecen a un poema de su último libro, Sol de noviembre. Aunque creo recordar que forman parte de dos versos diferentes, también por sí solas configuran un bello endecasílabo, que emociona.

Me evocan a Elías en el Horeb, esperando la venida de Dios bajo grandes manifestaciones y no reconociéndolo ni en el terremoto ni en el fuego devorador, sino en la suave brisa ante la que se tapó el rostro. También al precioso himno que S. Pablo recoge en su Carta a los Filipenses, que narra el susodicho anonadamiento de Cristo; y al gran y santo Juan Pablo II cuando, ante el asombro de Belén, compuso sin saberlo otro bello endecasílabo: “El Creador es un niño que llora”, dijo.

04 septiembre 2006

Mi almuerzo con Jünger

El otro día, en uno de sus acertados posts, Enrique García-Máiquez comentaba que Jünger era una de sus lagunas, a pesar de los consejos de Beades. Hace ya casi dos décadas, yo sí seguí los de mi amigo Presas (que en libros y música aconseja tan bien como pinta), fervoroso lector del longevo alemán. Leí Eumeswill y Sobre los acantilados de mármol y no guardo especial recuerdo de ellos; no debieron de decirme gran cosa. Sin embargo, leí también Tempestades de acero, sus memorias de la Primera Guerra Mundial, y me gustaron mucho. Todavía hoy pienso que es el mejor libro de guerra que he leído (muy superior a Sin novedad en el frente). Compré sus Radiaciones y luego El reloj de arena, El trabajador y La Tijera, de los que solo he leído fragmentos. Creo que es un buen narrador, que su temática, su estilo y su creatividad literaria han pasado con el siglo que nos dejó, y que su posición vital y pseudofilosófica (post-heideggeriano desengañado) no presenta especial interés. Creo también que de Jünger lo más destacable es, sin duda, Jünger mismo. Justo al revés que sucede con Borges, aquí el personaje es mucho más interesante que su obra. Oficial en la Primera Guerra Mundial (último poseedor de la condecoración Pour le mérite prusiana) y en la Segunda, donde estuvo en París con actitudes razonables, sus ciento tres años de vida y sus diversas etapas vitales son un compendio del propio siglo XX.

Además, yo tuve la dicha de comer con él. Dictó la lección inaugural de los Cursos de Verano de la Universidad Complutense de Madrid –creo que de 1996– y el Rector me invitó al almuerzo que tuvo lugar a continuación. No fuimos más de diez comensales. La verdad es que me tocó al otro lado de la mesa y no pude hablar con él, pero sí pude contemplarlo con calma. Delgado, ágil, sobrio, con una mirada muy intensa, atendía, con aparente interés aunque también con cierto distanciamiento, la conversación de sus colindantes (uno de ellos su excelente traductor, Andrés Sánchez Pascual). Tenía su abundante y blanca cabellera peinada toda para adelante, parecía un patricio romano. Gozaba de excelente apetito: dio buena cuenta de una ensalada copiosa, de una rodaja de merluza como una boina y de un pastel, todo ello regado con vino. Bebió poca agua. Para terminar un café solo que coronó con un cigarrillo elegantemente fumado. Fue emocionante. Además, estuve al lado su mujer, una encantadora jovenzuela de 75 años, culta y bella. No me pareció oportuno sacar el tema de la literatura, así que estuvimos toda la comida hablando de música. Además de ser una entendida, Ernst y ella fueron vecinos de Fürtwangler durante varios años, y me contó cosas del maestro.

Y para colmo, al regresar a casa me llevé mi ejemplar de Tempestades de acero dedicado, con una letra preciosa: “Meinem lesser Dal, Ernst Jünger”. Mi mitómanía alcanzó niveles perjudiciales para la salud.

03 septiembre 2006

Everness

Si conocieras
el premio que te espera,
lo buscarías.

[Para Enrique García-Máiquez]

30 agosto 2006

Citas


De Hans “el Oso” Von Balthazar (La oración contemplativa):

"Muchos cristianos no comprenden que la realidad del reino de los cielos es eterna y por lo mismo no es temporal-futura, que lo que nosotros orando tanto ansiamos y cuyo advenimiento suplicamos, no es algo que todavía-no-es, que nosotros con nuestra oración y nuestro empeño hemos de poner, como todos los demás valores temporales e históricos en nuestra existencia ya dada, sino lo Eterno-Real que nosotros, los siempre irreales, hemos de dejar que se despliegue en nosotros y consiga la victoria de su presencia en nosotros".

26 agosto 2006

San Pablo, heraldo de Cristo

Acabo de terminarme el San Pablo de Holzner. Debería haberlo hecho mucho antes, pero este verano he leído menos de lo previsto. Es una obra monumental. Holzner apabulla por su erudición. Son admirables sus conocimientos no sólo del cristianismo en general y del protagonista y su obra en particular, sino también del judaísmo, del helenismo, de historia de las religiones, de filosofía –antigua, desde luego, pero también moderna (Nietzsche et al.)–, de geografía, de topografía, de arqueología.

Holzner analiza al microscopio todos los viajes, fundaciones, cartas y cautiverios del santo. Impresionan sus periplos infatigables a través de pasos inhóspitos, desiertos insalubres y cordilleras hostiles por todo Asia menor (Tarso, Derbe, Listra, Iconio, Antioquia, Tiatira, Esmirna, Pérgamo, Éfeso, Sardes, Filadelfia, Laodicea, Tróade) y por Macedonia (Filipos, Tesalónica, Berea); sus estancias en Atenas (¡qué tratamiento del discurso en el Areópago!) y en Corinto; sus travesías marítimas (con naufragio incluido) por casi todo el Mediterráneo; sus espinosas visitas a Jerusalén, con los cristianos judaizantes al acecho (¡algunos querían darle muerte!), y cómo no, sus dos cautiverios en Roma y su martirio final. Y no menos impresionan sus cartas (cuidado análisis por Holzner de cada una de ellas) y también su decisión a la hora de dar su vida por Cristo y por el Evangelio, sin pararse a medir la prudencia de sus acciones (tuvo que salir por pies en muchas ocasiones).

Los retratos de los personajes son excelentes: Lucas, Marcos, Timoteo, Tito, Áquila y Priscila, y tantos otros. Y San Pablo queda reflejado como un titán de la fe, un luchador que no contempla la derrota, un excelente orador, un valiente. Quedan desde luego patentes su erudición y su inteligencia, pero también la dureza de su carácter y su decisión para rechazar sin remilgos todo lo que se interponga entre él y su misión. No tiene inconveniente en reprochar a Pedro su debilidad al separarse de los gentiles cuando llegan los judaizantes, ni en poner tibio a Marcos cuando no aguanta su ritmo evangelizador. Probablemente en realidad el personaje fuera así y el perfil que de él traza Holzner sea el más adecuado, pero lo cierto es que (al menos en mí) no despierta amabilidad, ternura o cordialidad (como sí me sucede a menudo con Juan y sobre todo con Pedro, no sólo en su encuentro con Jesús resucitado). Este Pablo provoca admiración y gratitud (le debemos casi todo), pero no facilita la intimidad.

Se trata de un libro muy recomendable para todos aquellos (creyentes o no), que estén interesados en la figura de San Pablo quien, como el autor demuestra, es el hombre que más ha influido en la historia de la humanidad; e imprescindible para entusiastas del santo o de cualquiera de sus textos. Ahora bien, debe destacarse que su lectura no es siempre fácil ni en todo momento amena: junto a momentos sublimes se encuentran también puertos de primera categoría (valga el símil ciclístico ahora que empieza la devaluada Vuelta a la también devaluada España). Además, la traducción, aunque precisa, peca de preciosista y se ha quedado algo antigua. En definitiva, que su lectura es una empresa que requiere empeño.

Finalmente –no por menos importante menos gozoso–, la obra esta plagada de consideraciones obiter dicta magistrales (recuerdo ahora especialmente una sobre Lutero y su interpretación sesgada de la Carta a los Romanos), de frases felices y de citas memorables. Por todas, ésta que parece ser de Goethe y que me ha emocionado: “El río en que me baño es tradición y gracia”. Toda una divisa alejandrina para un escudo de armas con el que combatir los tiempos presentes.

[Josef HOLZNER: San Pablo, Heraldo de Cristo. (Trad. José Monserrat, S.I.). 14ª edición, Herder, Barcelona, 1956. 558 págs. ]

16 agosto 2006

Citas

De Josef Holzner: San Pablo, Heraldo de Cristo, Herder, Barcelona, 1989, p. 136:

“Pero también una triste advertencia seria habla a la cristiandad de todos los tiempos con motivo de la triste suerte de esta Iglesia de Galacia. Estas magníficas comunidades, que fueran fundadas entre tan indecibles padecimientos del Apóstol de las Gentes, ¿dónde están ahora? Al que viaja por estos países tan importantes en otro tiempo para la cristiandad, le embarga algunas veces con profunda pena el sentimiento de que cabalga sobre un vasto sepulcro, en el que está enterrada una Iglesia cristiana en otro tiempo grande, a la cual se ha juzgado que ni siquiera merece el trabajo de ponerle una lápida. ¿En qué está lo profundamente trágico de tantas fundaciones de iglesias cristianas en el Asia Menor, Armenia y el Norte de África? Sin duda principalmente en que se apartaron del espíritu de Jesús y de su más grande apóstol, en que hicieron poco caso de las advertencias del Apóstol en su
Carta a los Gálatas, de las amenazas de San Juan en el Apocalipsis a las comunidades de Asia Menor, en que se empedernieron en el servicio de la letra y en exterioridades, degeneraron en sutilezas y celotipias nacionales, y en que finalmente se separaron también con ceguedad de la única fuente de la renovación, que mana de la roca de Pedro. “Si la sal se ha vuelto insípida, ¿con qué la salaremos?" (Lc, 14, 34). Y así galoparon los jinetes del Apocalipsis con la verde bandera del profeta sobre aquella cristiandad convertida en una estepa salina. Aquí tenemos una seria advertencia que aplica a todos los tiempos y a todas las naciones”.

12 agosto 2006

Lecturas veraniegas II


Las
listas son orientativas y los propósitos que contienen pueden alterarse. Después de Flannery, la generosidad de un amigo ha querido que leyese La superstición del divorcio, de Chesterton, en una cuidada edición de Los Papeles de El Sitio, y con un chestertoniano y combativo prólogo de Enrique García-Máiquez. Está bastante bien, con momentos memorables, aunque tiene algunos altibajos. Como regalo para la buena gente aletargada, quizás sea más eficaz la recopilación de textos sobre la mujer y la familia del propio Chesterton, que ha llevado a cabo José Ramón Ayllón. En cualquier caso, ambos libros son altamente recomendables.

La cosa es que, después de este divertimento, me correspondía atacar algún “tocho heavy” y los finalistas eran el Persiles y la Montaña Mágica. Sin embargo, voy a decidirme por el
San Pablo, heraldo de Cristo de Josef Holzner, que tengo en la lista de pendientes desde hace años, y que metí a última hora en la maleta. La elección quizás se haya debido a la recta aplicación del tanto-cuanto ignaciano, o incluso (todo puede ser) a la intercesión de Flannery. Tengo las mejores referencias y la tarea se presume apasionante.

Seguiremos informando.

11 agosto 2006

Ecuánimes

Ahora son los incendios de Galicia (buen artículo de David Torres en El Mundo, recogido por el sagaz Arcadi); el año pasado el de Guadalajara; antes el escándalo del Carmel en Barcelona. Sé que es pregunta ingenua, pero ¿a qué esperan los adalides de la cultura y de las libertades para manifestarse? ¿para cuándo un editorial medianamente crítico con el Gobierno del diario que no depende de la mañana?

Como le pasa a
Enrique, yo trato de no hablar nunca de política con la política (con quienes me llevo muy bien, a Dios gracias). Sólo lo hice una vez con uno de mis “contrarios” cuya cosmovisión es exactamente el reverso de la mía y con el que, precisamente por ello, no había hablado del tema en más de diez años de “ser familia”. Fue en una boda, con un buen puro, y con el mejor rollito posible. Comenzó él: “antes de que empecemos, hay una cosa que no me podrás negar, y es la superioridad moral de la izquierda”. Como fácilmente comprenderéis, ahí termino la cosa. Nunca mais (esta vez sí).

El poeta Zapatero lo dijo con palabras más bellas: “Las ideas de la derecha cotizan en Bolsa, las ideas de la izquierda cotizan en el corazón”. Lo juro, es verdad, lo dijo.

[Lectura recomendada: Rino Camilleri: Los monstruos de la razón, en Rialp. Utopías de los revolucionarios, y antecedente de la educación para la ciudadanía. Escalofriante]



09 agosto 2006

Urge leer a Flannery


Supe de ella, una vez más, por
Aceprensa. Me llamó la atención la referencia a una escritora norteamericana de mediados del siglo pasado (1925-1964), católica, aquejada de una extraña y grave enfermedad, lectora cotidiana de la Summa Teológica y autora de un par de novelas, algunas decenas de relatos cortos y un epistolario. Leí varios de esos relatos y me gustaron, algunos mucho, aunque sin entusiasmarme ninguno. Luego me hice asiduo lector de Compostela, y constaté el fervor que Arp profesa por Flannery. Aquí tiene que haber algo más, me dije.

Así que, siguiendo el consejo del este amigo y guía virtual, la primera lectura de estas vacaciones ha sido precisamente su epistolario, “El hábito de ser” (The habit of being). Lo empecé con el mes y lo he terminado, con emoción, esta madrugada. Recoge la gran mayoría de sus cartas, desde la primera, de 19 de junio de 1948, en la que busca agente literario hasta la que escribió el 28 de julio de 1964, seis días antes de morir con 39 años. Mientras leía las cartas he ido intercalando las lecturas de los principales relatos a los que en ellas hacía referencia (“Un hombre bueno es difícil de encontrar”; “El negro artificial”; “La buena gente del campo”o “El templo del Espíritu Santo”).

El resultado ha sido conmovedor. No voy a contar mucho al respecto, porque ya lo hace
Arp mucho mejor que yo. Simplemente diré que su fe; su razonada pertenencia a la Iglesia; su sentido del humor (he soltado auténticas carcajadas); su carácter; su genio; su fortaleza; su delicadeza; su atención a los demás; su llevanza de la cruz como yugo suave (el padecimiento heroico, sin una sola queja a lo largo de los años, de una enfermedad terrible y las virtudes que de ella supo sacar para su vocación literaria); y su amor sin fisuras a Jesucristo me hacen creer que era santa. Soy consciente de que en estos temas nuestra Santa Madre Iglesia nos invita a ser especialmente cautos, pero de verdad así lo pienso (de hecho, ya hay quien reza “Santa Flannery de Milledgeville, ora pro nobis”).

Urge leer a Flannery. Ahora bien, ojo con dejarse llevar por los clichés (escritora gótica sureña, con gusto por lo grotesco), o por las referencias políticamente correctas de sus editores en español. Hay que leerla sin prejuicios y formarse opinión propia al respecto. Lo mejor es empezar por las cartas y luego sumergirse en su literatura. Vale la pena.

Hoy celebramos la memoria de otra gran mujer, Edith Stein (Teresa Benedicta de la Cruz), filósofa discípula de Husserl, judía conversa al catolicismo, que ingresó en el Carmelo y murió en el campo de concentración de Auschwitz. Juan Pablo II Magno (¡santo subito!) la canonizó y la proclamó Patrona de Europa. En la misa de hoy pediré a la santa por España, por Europa (¡sé tú misma!) y también por Flannery, aunque, como ya digo, creo que fue al cielo como un cohete y allí estará, riéndose a carcajadas, con Santo Tomás.

Y en homenaje a ella, he cambiado el Macallan por el Jack Daniels en mis noches estivales.