06 noviembre 2006

Sheldon Vanauken duda

No le vale una fe "descafeinada". Escribe:

Al principio tuve una seguridad y certeza sorprendentes, a pesar de las dudas que me habían estado acosando durante tanto tiempo. Pienso que a uno se le da una gracia especial – el gozo y la seguridad – en los comienzos. Después de que uno ha elegido, aunque tímidamente, le envuelve a uno una capa deslumbrante de gracia, durante una temporada. Hasta que el Cristiano recién nacido aprende a sostenerse en pie y a andar un poquito. No obstante, el contraataque llegó. Y escribí en mi diario:

“Cuarenta días después: Tomada la decisión, uno empieza a actuar según ella. Se reza, se va a la iglesia, se hace una primera comunión increíblemente significativa. Uno intenta repensar todo lo que siempre ha pensado a esta nueva Luz. Uno trata de someter el yo: hacer la señal de la Cruz, tachar el “ego” y seguir a Cristo, con algo menos que éxito brillante. C. S. Lewis profetiza el contraataque del enemigo y, como siempre, tiene razón. Los sentimientos se encrespan gritando que son mentiras, que todo es mentira, el duro pavimento bajo los talones, el esplendor del árbol en mayo son las únicas realidades. Entonces uno recuerda que la Elección estaba basada en la razón, en el peso de la evidencia, y se fortalece. Pero eso no es todo. No sólo puede salirse al paso de las dudas, no sólo van mejor las oraciones, sino que las dudas vienen con menos frecuencia y, cuando lo hacen, a menudo se encuentran con un arranque de inexplicable confianza en que la Elección fue acertada. Nosotros estamos ganando”.

Por la gracia de Dios, estaba rodeado de amigos cristianos muy afianzados en su fe, incluido Lewis, que llegó a ser un gran amigo. Además, la iglesia anglicana de San Ebón era una iglesia que estaba llena del Espíritu Santo. Por entonces daba por supuesto que había de ser así, y también daba por supuesto que no había ninguna iglesia menos llena del Espíritu. A todas luces mi fuerza y mi apoyo residían en la fe firme y viva de aquella iglesia.

Estaba dividida, informalmente, en pequeñas células cristianas; mis amigos de la Universidad y yo constituíamos una célula, que incluía a otros cristianos, como el monje benedictino. Durante dos años apenas hubo una tarde que antes o después no nos reuniéramos unos cuantos del grupo para leer poesía cristiana, estudiar la Biblia y, sobre todo, hablar: sosteníamos vivaces conversaciones hasta altas horas de la noche sobre cualquier aspecto de la fe y las relaciones de la fe con otras cosas. Venían también no cristianos, y algunos de ellos se convirtieron.

Pero llegó el momento en que, uno por uno, nos fuimos marchando de la Universidad, a Londres y Devonshire, a África y Canadá, a Indiana y Virginia. Recordaba Lynchburg como una ciudad llena de iglesias (quizá no todas igual de venerables y bonitas, pero lo que importaba era el Espíritu Santo) y donde había una iglesia, estaría, naturalmente, el Espíritu Santo y la vida cristiana estaría fuertemente centrada en Cristo. Habría en ellas una búsqueda constante y viva del sentido de la vida según Cristo. Para ser sincero, yo no había notado, de hecho, la vida cristiana intensa que, sin duda, se desarrollaba a mi alrededor cuando había estado en Lynchburg, pero por aquel entonces no era cristiano. Ahora todo sería distinto.

No fue tanto como yo esperaba de Lynchburg. Había iglesias, verdad; y todo el mundo iba allí, pero ¿dónde se manifestaba la vida cristiana? Mi parroquia y cuantas iglesias visité estaban como muertas para Cristo. Habría cristianos, no lo dudo. Pero yo no los encontré. A la mayoría de la gente con la que hablaba le interesaba más el éxito del Club o el radicalismo de las ideas raciales del obispo o el dinero o la posición de los fieles, pero nadie hablaba de Cristo. Uno sentía como si fuera de mal gusto hablar de Él o sugerir que la iglesia había de ser algo más que un club social o un símbolo de respetabilidad. Sin duda que allí se encontraba Cristo, en algún lugar, pero también, demasiado, estaba en el mundo.

Para mayor decepción, en otros círculos, la fe descafeinada llegaba a poco más que un simple respeto por (algunos de) los preceptos morales de Jesús. “Sí”, decían estos no-creyentes que se autodenominaban cristianos, “Sí, Jesús era el Hijo divino de Dios; así que todos nosotros somos Hijos divinos de Dios. Por supuesto que hubo una encarnación; cada uno de nosotros es la encarnación de Dios. Si San Juan o San Pablo insinúan otra cosa, no hay que creerles. Milagros: bueno, no, es que sabemos que Dios no obra de ese modo. No hubo Resurrección, excepto en un cierto sentido muy, muy espiritual, pensaran lo que pensasen aquellos ingenuos apóstoles. Por supuesto que somos cristianos (aunque el budismo y el Islam y todas las religiones excepto la Iglesia Católica son igualmente dignas). ¿Verdad?, ¿y qué es la verdad? ¿Qué tiene que ver la verdad con esto? Uno es cristiano cuando sigue las partes más razonables del Sermón de la Montaña, cuando se es una buena persona. Un cristiano es un explorador que nunca debe encontrar, o deja de ser explorador”.


Todo esto deprimía y decepcionaba a alguien que creía en la antigua Fe cristiana. Todo esto estaba tan lejos como del vino tinto fuerte de la Fe, el té frío. La Fe, como “el alcohol” (el nombre local del divino y encantador vino de Caná), era demasiado fuerte: el vino debía volverse zumo de uva en un antimilagro y la Fe desencarnarse. Lo que quedaba no tenía nada en común con el Cristo que yo había encontrado, excepto un grupo de palabras - y éstas tenían significados diferentes. En otras épocas la gente que no creía en el cristianismo (y, como se sabe, esto lleva consigo alguna creencia) se habían llamado Deístas o Unitarios, no Cristianos; pero esta gente, por razones que yo no lograba entender, pretendía reducir la Fe a una moralidad laxa, que ellos y, en realidad, cualquiera que no fuera un canalla, habría asumido, y llamaban a esta religión aguada Fe cristiana.

Como veremos mañana, la fe protestante no es suficiente para Sheldon.

03 noviembre 2006

Sheldon Vanauken da el paso

Y escribe:

No aguantaba más. No podía rechazar a Cristo. Sólo podía hacer una cosa. Me volví y me lancé al vacío por Cristo. Una mañana primavera, el 29 de marzo, escribí en mi diario y a C. S. Lewis:

Elijo creer en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en Cristo, mi Señor y mi Dios. El cristianismo tiene el sonido, el sentimiento de la única verdad. La verdad esencial. Por él, la vida queda llena y no vacía, llena de sentido, en vez de sin sentido. El cosmos se hace hermoso en el Centro, en vez de espantosamente feo bajo el agradable sentimiento de la primavera. Pero el vacío, el sin sentido y la fealdad sólo pueden verse, pienso, cuando uno ha vislumbrado la plenitud, el sentido, la belleza. Cuando ambos, el cielo y el infierno, se han vislumbrado, entonces volver atrás es imposible. Pero también el dar el paso adelante parecía imposible. Barruntar no es ver. Hay que elegir: no hay certeza. Sólo se puede elegir un lado. De modo que yo escojo ahora mi lado: escojo la belleza; elijo lo que amo. Pero optar por creer es creer. No puedo hacer más: elegir. Confieso mis dudas y pido a Cristo que entre en mi vida. No sé que Dios sea, pero le digo: Haz en mí según tu voluntad. No afirmo que no dude, dudo, pero pido ayuda, tras haber elegido, para superarlo. Dudo pero digo: Señor, creo, pero ayuda a mi incredulidad”.


La senda iluminada

Dos caminos parecían bifurcarse en este punto, según veía desde el que había tomado: uno bastante oscuro, llano y ancho, que iba ensanchándose hasta desembocar en un oscuro desierto y dejar de ser camino. El otro estaba muy iluminado, incluso con más luz de la cuenta, pero ésta era necesaria por la aspereza, lo terriblemente escarpado y angosto del camino. Esta última, la iluminada, era la senda que yo había escogido, aunque me encontraba sólo al principio: aún me faltaba pasar por los obstáculos, fatigarme subiendo por aquella cuesta empinada y correr los peligros de aquella estrechez. Sin embargo, no podía ver a dónde iba a ir, me parecía lo mejor.

Ahora era cristiano. Yo, ¡cristiano! Yo, que solía mirar a los cristianos con lástima y disgusto, había de confesarme a mí mismo que lo era. Lo hice con encogimiento y orgullo. En realidad, sentía una curiosa mezcla de sentimientos: el humano embarazo ante los no-cristianos; una extraña forma de orgullo, porque había desertado de su precario campo; como si a Jesús le hubiera hecho un gran favor, chillón y ridículo, y un gran gozo que me vino con la luz. Mis amigos no cristianos se apartaron; hubieran aceptado con serenidad que me volviera ateo, comunista o budista, pero no cristiano; los no-cristianos, inequívocamente, se encuentran incómodos con los cristianos. Por el contrario, mis amigos cristianos no cabían en sí de alegría.

C. S. Lewis escribió:

“Mis oraciones han sido escuchadas. No: barruntar no es ver; pero para un hombre que camina por una montaña de noche, el vislumbrar los tres siguiente pasos del camino puede importarle más que una panorámica del horizonte. Y quizá, para que una elección sea libre, siempre debe faltar precisamente una certeza probatoria: ¿qué otra cosa podríamos hacer sino aceptarla, si la fe fuera como la tabla de multiplicar? Puedes tener ataques en contra, ¿sabes?, de modo que no te alarmes si te vienen. El enemigo no verá que desaparezcas en la compañía de Dios sin un esfuerzo para reclamarte. Ocúpate aprendiendo a rezar... Que Dios te bendiga. Bienvenido. Sírvete de mí como desees: y recemos el uno por el otro siempre”.


Pero no todo es tan fácil. Después viene el contraataque.

02 noviembre 2006

Sheldon Vanauken reflexiona

...a raíz de su correspondencia con C.S. Lewis. Y señala lo siguiente:

Estas cartas de Lewis me dieron mucho que pensar y también me asustaron – especialmente el chocante párrafo último -. Yo era todavía incapaz de dar el “salto”. Varias personas oraban por mí y yo consideraba esta actividad con desasosiego y sospecha. Sentía que estaban esperando que algo pasara: me dirigían complacientes miradas inquisitivas cuando nos encontrábamos en la calle. Así mismo, recelaba de cualquier pequeño arrebato sentimental sobre el Señor Jesús y me amonestaba a mí mismo contra el sentimentalismo. Pero ya admitía que había un lugar para la emoción, como para la razón. Escribí en mi cuaderno:

Parece que el cristianismo requiere las dos cosas: un asentamiento emocional y uno intelectual. Si sólo hay emoción, la razón plantea preguntas que, si no se contestan, pueden conducir a errar el camino, porque el amor no puede sostenerse sin comprensión. Por otro lado, hay un vacío que debe cubrirse con la emoción. Si se recela de un acceso de sentimiento que puede ser una fe incipiente, ¿cómo va uno a cruzar el puente?

Mi posición en este punto – al borde ya del sí – era más o menos: Yo tenía mi “segunda perspectiva” del Cristianismo mucho antes de resolverme, he encontrado ¿qué? Ciertamente mucho más de lo que esperaba. Ahora el cristianismo me parecía estimulante intelectualmente, estéticamente apasionante, emocionalmente conmovedor. Me había medio enamorado de Jesús; suspiraba por Él y deseaba caer de rodillas ante Él. Como la mujer de Graham Green, que llegó a la fe como cuando uno se enamora, yo me estaba enamorando, pero mi cabeza desconfiaba: Algo dentro de mí me seguía diciendo: “¡No te rindas! ¡Conserva la cabeza! ¡Por muy delicioso y consolador que sea, no des tu brazo a torcer!”.

La Iglesia ya no me parecía un montón de sectas en lucha que la deshonraran: Ahora veía a la Iglesia espléndida y terrible, atravesando los siglos con sus himnos y sus cruces brillantes, con la mirada firme de los santos. La fe ya no era cosa de niños; había personas inteligentes que la guardaban con fortaleza, caminando al son de un canto secreto que yo no podía oír. ¿O sí que oía algo, irresistiblemente dulce, alto y claro? Una persona querida que me había acompañado estando fuera de la fe, de pronto, al pasar por una habitación, quedó arrebatada por aquel canto, a la compañía de los fieles. Me había quedado solo y, enfadado, me sentí traicionado. Si yo no podía avanzar, tampoco los demás deberían. El cristianismo me parecía probable; todo giraba en torno a Jesús: ¿Era El, de veras, Cristo, el Señor? ¿Era Él “Dios de Dios”? Ahí estaba el meollo del asunto. La pretendida prueba era la de la Resurrección; el creer que Cristo resucitó de entre los muertos, bien lo sabía, había sido lo que convenció a los primeros cristianos. Y yo veía con claridad que en realidad sólo había tres posibilidades: O los apóstoles inventaron la historia después de la crucifixión; o el propio Jesús se inventó la pretensión de su divinidad y lo demás era un sueño de los otros; o era precisamente una verdad fehaciente. Yo ya había superado la ingenua creencia de que la ciencia moderna ha demostrado la imposibilidad de que sucedan milagros o que la ciencia, en lo que se refiere a la naturaleza no podía decir nada en absoluto sobre la posible intervención de la Sobrenaturaleza. La Encarnación y la Resurrección pueden ser verdad. Es simplemente una cuestión de evidencia, y el hecho de que yo en concreto nunca haya visto un milagro no implica que no pueda haber milagros en la ocasión suprema de la historia. Parece extremadamente improbable que los apóstoles hayan maquinado esta historia: Los Evangelios suenan a sinceros y, además, la gente no muere proclamando en su último aliento lo que saben que es mentira, especialmente cuando podían salvar sus vidas negándolo. Muchos de estos hombres habían sido ejecutados de un modo desagradable y, de haberse retractado, la fama de su negación habría corrido como la pólvora. E, igualmente, no me entraba en la cabeza que el propio Jesús se hubiera engañado: un hombre que va perdonando los pecados, diciendo haber existido desde toda la eternidad [antes de que Abraham existiese, era Yo], proclamando que cualquiera que le hubiera visto a Él (nótese que no sugirió modestamente que la divinidad estuviera en cada uno al decir que hubiera visto allí al viejo Pedro) había visto al Padre. Un hombre así no se engaña: o es un perturbado, un megalomaníaco más bien horrible, o está diciendo la verdad. Y yo no me creía que un lunático hubiera pronunciado el Sermón de la Montaña o las parábolas. Me quedaba la tercera opción. No era un imposible; era lo único posible; pero de una magnitud excesiva para comprenderse. Sabía que se trataba de una probabilidad razonable; sospechaba que era verdad. Vislumbraba que todos aquellos anhelos sin nombre que había sentido, cuando las últimas luces otoñales ardían al crepúsculo, cuando los gansos salvajes graznaban en sus vuelos nocturnos, cuando la primavera asomaba por una mañana de abril, en realidad eran ansias de Dios.

Pero la sospecha no es certeza. Todavía quedaba un vacío entre lo probable y lo probado; si iba a aposta toda mi vida por Cristo Resucitado, quería letras de fuego a lo largo del cielo. No las tuve. Y esperé.

Una noche, leyendo, profundamente removido, la tremenda obra de Dorothy Sayers El hombre nacido para ser rey, me impresionó la trascendencia de la respuesta a una pregunta de Jesús sobre la fe: “Señor, yo creo: pero ayuda a mi incredulidad”. Qué contradicción. Una paradoja. Pero ¿podría ser la clave para aquella otra paradoja: “uno debe tener fe para creer, pero debe creer para tener fe”? ¿Una paradoja soluciona otra paradoja? Sentí que sí; y también comprendí que éste constituía un “punto de partida importante”.

Un día después vino el segundo “punto de partida” intelectual: la espeluznante consideración de que no podía dar marcha atrás. En mi antiguo y fácil teísmo, había tenido el cristianismo por una especie de cuento de hadas y ni aceptaba ni rechazaba a Cristo, porque tampoco me había encontrado con Él. Pero ahora sí. No era, como había pensado cómodamente, una mera cuestión de aceptarlo o no. Ahora se trataba de aceptarlo - ¡o rechazarlo! ¡Dios mío! También había un vacío detrás de mí. Quizá el salto al sí me aterrorizaba, pero ¿y el salto a la negación? Podía no haber certeza de que Cristo fuera Dios, pero, ¡santo cielo! ¡tampoco la certeza de que no lo fuera! Si le aceptaba, probablemente, tendría que enfrentarme a este pensamiento durante años: “Quizá, después de todo, es mentira; me la han jugado”. Pero si lo rechazaba, sin duda alguna me atormentaría un pensamiento terrible: “Quizá es verdad: ¡y yo he rechazado a mi Dios!”.


Mañana, Sheldon ya no aguanta más.

Día de difuntos

En el día de hoy, me acuerdo de estos estupendos versos de J.L. Martín Descalzo y compruebo que no sólo J.M. Ibáñez Langlois aúna la condición de presbítero y poeta (por no remontarme al Siglo de Oro).

Morir sólo es morir. Morir se acaba.
Morir es una hoguera fugitiva.
Es cruzar una puerta a la deriva
y encontrar lo que tanto se buscaba.

Acabar de llorar y hacer preguntas,
ver al Amor sin enigmas ni espejos;
descansar de vivir en la ternura;
tener la paz , la luz, la casa juntas
y hallar, dejando los dolores lejos,
la Noche-luz tras tanta noche oscura

01 noviembre 2006

Sheldon Vanauken sigue buscando

Y continúa su correspondencia con el bueno de Clive Sinclair:

A C.S. Lewis (II)

He aquí mi dilema fundamental: No puedo creer en Cristo a menos que tenga fe, pero no puede tener fe a menos que crea en Cristo. Éste es “el salto”. Si ser cristiano es tener fe (y claramente es eso), puedo ir más allá: debo aceptar a Cristo para ser cristiano, pero debo ser cristiano para aceptarle. No tengo fe y todavía no creo; pero parece que el mundo dice: “Debes tener fe para creer”. ¿Y de dónde la saco? ¿O va a decirme Vd. algo distinto? ¿Hay alguna prueba? ¿Puede la Razón pasarle a uno el abismo... sin fe?

¿Por qué espera Dios tanto de nosotros? ¿Por qué exige este esfuerzo para creer? Si nos pusiera claro que Él es –tan claro como que el sol sale o como una piedra o como el llanto de un niño- ¿no sería bien gozoso optar por Él y por su ley? ¿Por qué en el recto ejercicio de nuestra libre voluntad ha de haber ese miedo a la falta de honradez intelectual?

Debo escribir más sobre el tema de mis “ganas de que sea verdad”, aunque admito que probablemente tenga ganas de una cosa y de la otra, y que mi deseo no me ayuda a resolver ningún problema. Su argumento de que Hitler y Stalin (y yo) se horrorizarían al descubrir un Maestro al que nada se le oculta es muy fuerte. De hecho, nada hay en el cristianismo que me repugne tanto como la humildad, el doblar la rodilla. Si yo llegara a saber por encima de la esperanza o la desesperación que el cristianismo es verdad, mi lucha en adelante sería ir contra el orgullo del : “me rompo pero no me doblo”. Y, aún así, ¿no aceptaría yo (y también Stalin) la humillación de un Maestro para escapar del horror de dejar de ser, de la nada, al morir? Además, el saber que Jesús era de verdad Señor no sería una mera noticia agradable que satisfaciera uno de nuestros raros anhelos. Sería arrollador: (a) que el Materialismo fuera tan falso como feo; (b) que algunas de las repugnantes predicciones formuladas por los marxistas, los freudianos, y las manipulaciones de los sociólogos no fueran reales (incluso aunque se produjeran); (c) que el crecimiento propio hacia la sabiduría no va a perderse, y (d) sobre todo, que la bondad y la belleza sobrevivirían. Y entonces desearía que fuera verdad y pienso que aceptaría cualquier humillación, con tal que lo fuera. Lo malo de desear que sea verdad es que miro con recelo cualquier impulso que siento hacia la fe, como derivado de las ganas; pero lo bueno es que el deseo sí da el salto. Así que, en adelante; he de seguir tan lejos como pueda.

De C.S. Lewis (II)

La contradicción “debemos tener fe para creer y debemos creer para tener fe” pertenece a la misma clase de aquellas con que los filósofos Eleáticos probaban la imposibilidad del movimiento. Existen muchas otras. No puedes nadar si no sabes mantenerte en el agua y no puedes mantenerte en el agua sin saber nadar. O, de nuevo, en un acto de volición (p. ej. levantarse por la mañana) ¿el principio de tal acto es en sí mismo voluntario o involuntario?

Si es voluntario, entonces debes haberlo querido,... tú ya lo estabas queriendo,... no fue realmente el principio. Si involuntario, entonces la continuación del acto (habiendo sido determinado por el primer momento) es involuntario también. Pero a pesar de esto, de hecho nadamos y salimos de la cama.

No creo que haya una prueba (como la de Euclides) demostrativa, del cristianismo, ni de la existencia de la materia, ni de la buena voluntad y honestidad de mis mejores y más antiguos amigos. Pienso que las tres cosas son (excepto quizá la segunda) mucho más probables que las opuestas... y sobre el porqué Dios no lo hace evidente: ¿estamos seguros de que a Él le interesa siquiera un tipo de teísmo que consistiera en un consentimiento lógico a un argumento concluyente? ¿Nos interesa a nosotros en asuntos personales? Exijo de mi amigo que crea en mi buena intención, que es cierta sin tener una prueba demostrativa. No sería para nada confianza si él necesitara una prueba rigurosa. ¡Caramba, todos los cuentos de hadas esconden una verdad! Otelo creyó en la inocencia de Desdémona cuando quedó probada: pero demasiado tarde. Lear creyó en el amor de Cordelia cuando se demostró: pero ya era demasiado tarde. “Pierde su fama quien espera a que todo salga a la luz”.

Se nos pide la magnanimidad, la generosidad que se fiará de una probabilidad razonable. Pero ¿y si se cree y al final no es verdad? Porque, entonces, habrías mirado al universo como no le correspondía. El error entonces sería incluso más interesante que la realidad. ¿Y entonces, cómo podría ser? ¿Cómo podría un universo sin inteligencia haber producido criaturas cuyos solos sueños son mucho mejores, más vigorosos y sutiles que él mismo?

Fíjate que la vida después de la muerte, que todavía te parece lo esencial, fue en sí misma una revelación tardía. Dios preparó a los judíos durante siglos para que creyeran en Él sin prometerles una vida después y, con su gracia, me instruyó a mí de la misma manera durante un año. Es como el príncipe disfrazado del cuento que gana el amor de la heroína antes de que ella sepa que es algo más que un leñador. Y si viniera primero lo que debe venir después, sería una especie de soborno.

Y ahora, otra cosa sobre los deseos. Un deseo puede llevar a falsas creencias, te lo concedo... Pero ¿qué sugiere la existencia del deseo? Una vez me impresionó una frase de Arnold: “Tener hambre no prueba que tengamos pan”. Pero lo que es seguro, aunque no prueba que un hombre concreto no tenga “comida”, sí prueba que existe la comida. P. ej. si fuéramos una especie que no comiera normalmente, que no estuviera diseñada para comer, ¿sentiríamos hambre? Dices que el mundo del materialismo es “feo”. Me pregunto cómo has descubierto eso. Si tú realmente eres fruto de un mundo materialista, ¿cómo es que no te encuentras a gusto en él? ¿Se quejan los peces del mar por estar mojados? Y si lo hicieren, ¿no sugeriría fuertemente este mismo hecho que no hubieran sido siempre criaturas acuáticas? Date cuenta de cómo continuamente nos sorprendemos del paso del Tiempo. (“¡Cómo vuela el tiempo! ¡Parece mentira que fulanito ya sea tan mayor y se case! ¡Casi no puedo creerlo!”). En nombre del cielo, ¿por qué? A menos que, en realidad, haya algo en nosotros que no sea temporal...

Pero pienso que tú ya estás cogido en la red. El Espíritu Santo va tras de ti. ¡Dudo que te escapes!

Tuyo, C.S. Lewis.


A lo peor la serie se está haciendo un poco larga, pero como me consta de que a algunos les interesa, mañana seguimos.

31 octubre 2006

Sheldon Vanauken quiere una respuesta

...y escribe a C.S. Lewis:

La búsqueda del explorador terminaba al encontrar su objeto. Me gustó la perspectiva de la respuesta; yo quería una respuesta. El único problema era que yo no podía creer la cristiana. Finalmente decidí escribir a C.S. Lewis; transcribo a continuación algunos fragmentos de mis cartas y de sus contestaciones.


A C.S. Lewis (I)

Escribo por un impulso –que por la mañana quizá deseche por parecerme imprudente y presuntuoso—Pero hace unos instantes sentí que me había embarcado para un viaje que me podría conducir a Dios algún día. Incluso ahora, cinco minutos más tarde, me inclino a añadir un “puede ser”. Hay un salto que no sé cómo dar; se me ocurre que usted, habiéndolo dado, habiendo hallado certeza en el cristianismo, podría, no ya hacerlo por , pero sí darme una pista de cómo hacerlo. Después de sentir el atractivo histórico y estético del cristianismo y de emprender su estudio, he llegado a tomar conciencia de la fuerza y la “posibilidad” de la respuesta cristiana. Me gustaría creerla. Deseo conocer a Dios, si es que es cognoscible. Pero no puedo rezar con la convicción de que Alguien me escuche. No puedo creer.

Simplemente, me parece que algún poder inteligente construyó el universo y que todos los hombres deben conocerlo, por axioma, y deben sentir temor ante la infinitud de su poder. Me parece natural que los hombres, conociendo y sintiendo así, intentaran elaborar algo a partir de una cosa tan sencilla: Los profetas, el Príncipe Buda, el Señor Jesús, Mahoma, Brahmanes, y que así nacieran las religiones en el mundo. Pero, ¿cómo se puede escoger una como la verdadera? Para un visitante inteligente de Marte, el cristianismo ¿no le resultaría meramente una religión de tantas?

Dije al principio que me sentía como si fuera por un largo camino que un día me conduciría al cristianismo; debo creer, entonces, que lejos de ser una moda es la verdad. ¿O es sólo que quiero creerlo? Pero, al mismo tiempo, algo más, dentro de mí, me dice: “Desear creer conduce al propio engaño. Vale más la honestidad que cualquier consuelo fácil. Ten coraje de encararte al hecho de que todos los hombres pueden no ser nada para el Poder que hizo las estrellas”.

Y aun así me gustaría creer que el Señor Jesús es de verdad mi Dios misericordioso. Para los apóstoles que pudieron hablar con Jesús, debió de haber sido fácil. Pero vivo en un “mundo real” de autobuses rojos y calcetines de nylon y bombas atómicas. Sólo tengo los relatos de las experiencias con la deidad dados por otros. Sin ángeles, ni voces, ni nada. O, mejor, con una cosa: Los cristianos vivos. De alguna forma usted, que está en este mismo mundo, con los mismos datos que yo, significa más para mí que los obispos del pasado fiel. Usted dio el salto del agnosticismo a la fe: ¿Cómo? No sé bien cómo me he atrevido a escribirle esto a usted, un ocupado catedrático de Oxford, no un sacerdote. Pero sí lo sé: usted sirve a Dios, no a usted mismo; usted debe hacerlo, si es cristiano. Quizá si tuviera la sensatez de verlo, mi respuesta radique en el hecho de haberle escrito.

Y C.S. Lewis le responde:

De C.S. Lewis (I)

Mi propia posición a las puertas del cristianismo era exactamente la opuesta a la tuya. Tú deseas que sea verdad; yo deseaba ardientemente que no lo fuera. Al menos, aquél era mi deseo consciente: puedes sospechar que tenía deseos inconscientes de diferente signo y que fueron éstos los que al final me empujaron. Cierto: pero entonces, también yo puedo sospechar que, bajo tu deseo consciente de que sea verdad, se oculte un fuerte deseo inconsciente de que no lo sea. Esto nos lleva a que todo ese material moderno sobre los deseos ocultos y los pensamientos deseables, por útil que pueda resultar para explicar el origen de un error que ya reconoces tú como tal, resulta perfectamente inútil para decidir, de dos creencias, cuál es la errónea y cuál la verdadera. Porque (a) uno nunca conoce todos sus deseos, y (b) en las cuestiones importantes, como ésta, incluso los deseos conscientes están casi siempre atados por ambos lados.

Lo que sí que pienso que se puede decir con certeza es esto: la idea de que a cualquiera le gustaría que el cristianismo fuera verdad y que por consiguiente todos los ateos son unos valientes que han aceptado el fracaso de sus más profundos anhelos, es sencillamente una rematada tontería. ¿Piensas que gente como Stalin, Hitler, Haldane, Stapledon (un escritor formidable, dicho sea de paso), estarían contentos de levantarse una mañana y encontrarse con que no eran sus propios amos, que tenían un Señor y Juez, que no había nada incluso en el más hondo rincón de sus pensamientos sobre lo cual pudieran decirle: “¡Fuera! Privado. Esto es asunto mío”? ¿De verdad crees así? ¡Qué va! Su primera reacción sería (como fue la mía) de rabia y de terror. E incluso dudo mucho que tú lo encuentres simplemente agradable. ¿No es verdad que satisfaría algunos de tus deseos (algunos que en realidad sentimos muy pocas veces) y violentaría muchos otros? De modo que abandonemos el asunto del deseo. Todavía no le ha ayudado a nadie a resolver ningún problema.

No estoy de acuerdo con tu visión de la historia de la religión en cuanto que Cristo, Buda, Mahoma y otros hayan desarrollado una idea simple original. Creo que el Budismo supone una simplificación del hinduismo y el Islam una simplificación del Cristianismo. Una religión clara, lúcida, transparente, simple (el Tao más un bien ético sombrío en el fondo) es un desarrollo posterior, que surge usualmente entre personas altamente educadas en las grandes ciudades. Con lo que en realidad comienzas es el ritual, el mito, y el misterio, la muerte y retorno de Balder u Osiris, las danzas, las iniciaciones, los sacrificios, los reyes divinos. Frente a ellos están los filósofos, Aristóteles o Confucio, difícilmente clasificables como religiosos. Los únicos dos sistemas en los que el misterio y la filosofía se dan la mano son el Hinduismo y el Cristianismo: ahí tienes tanto la metafísica como el culto (en continuidad con los cultos primitivos). Por eso es por lo que mi primer paso era asegurarme de que uno y otro de éstos tenía la respuesta. Porque la realidad no puede ser la que apela o bien sólo a los salvajes, o sólo a los eruditos. Las cosas reales no son así (p. ej., la materia es la primera y más obvia cosa que te encuentras –leche, chocolates, manzanas, y también el objeto de la física cuántica). El problema no es simplemente una multitud de religiones desconectadas. La elección está entre (a) La visión materialista del mundo: que yo no puedo creer. (b) Las verdaderamente arcaicas religiones primitivas: que no son suficientemente morales. (c) La (pretendida) plenitud de estas en el Hinduismo. (d) La (pretendida) plenitud de estas en el Cristianismo. Pero la debilidad del Hinduismo es que realmente no junta los dos cabos. La religión irredimiblemente salvaje avanza en la aldea; el Ermitaño filosofa en el bosque: y ninguno de los dos interfiere realmente en el otro. Es sólo el Cristianismo el que impulsa a un erudito como yo a participar en una fiesta ritual de sangre, y el que también impulsa al converso centroafricano a seguir un ilustrado código universal de ética.

¿Has leído los Analecta de Confucio? Termina diciendo “Este es el Tao. No sé si alguien lo ha cumplido alguna vez”. Cosa interesante: se puede realmente pasar directamente de aquí a la Epístola a los Romanos...

Mañana, la correspondencia sigue.

30 octubre 2006

Sheldon Vanauken mira cómo se aman

Seguimos:

De tanta importancia como los libros o más, fueron los cristianos. El azar (quizá) me había arrojado al lado de varios cristianos de los que me hice amigo íntimo: dos físicos, uno inglés y otro americano. Una chica que estudiaba Historia y otros estudiantes de Inglés o Clásicas; un monje benedictino, aún no ordenado, estudiante de Historia y Teología. El físico americano era Baptista del Sur, el benedictino, católico romano; los otros, un anglicano, un metodista, y un luterano. No sólo era más consciente de que eran cristianos antes que físicos o historiadores, sino que por vez primera, yo era consciente de lo que unía a los cristianos, esto es la fe en Cristo, que de las sectas que los dividían. Me impresionaba bastante el que físicos nucleares brillantes e investigadores aventajados en otros campos, pudieran ser al mismo tiempo competentes, civilizados y cristianos. Y me impresionaba todavía más lo que parecía ser la virtud de la alegría que le venía a esta gente a través de su fe. Los no cristianos solían estar contentos, gastar bromas y ser felices cuando las cosas les iban bien, pero no había encontrado a menudo aquella alegría serena. He aquí una anotación en mi diario de aquella época:

“El mejor argumento a favor del cristianismo son los cristianos: su alegría, su certeza, su plenitud. Pero también son los cristianos el argumento más fuerte en contra del cristianismo, cuando están apagados y sombríos, cuando se creen justos y están pagados de sí mismos, cuando se muestran estrechos y represivos, entonces la cristiandad muere mil muertes. Pero, aunque es de justicia condenar a algunos cristianos por estas cosas, quizá, después de todo, no es justo y sí muy fácil, condenar al propio cristianismo por su culpa. En efecto, existen impresionantes indicios de que la positiva cualidad de la alegría está en el Cristianismo –y posiblemente en ningún otro sitio. Si esto fuera cierto, sería una prueba de un orden muy superior”.

Además de los libros y los amigos cristianos, tuve otra tremenda ventaja: Yo no sabía que yo fuese cristiano. Yo estaba bastante fuera del redil, y ni por un momento pensé que perteneciera a él. Así yo tenía plena conciencia de que la pretensión central del cristianismo era y había sido siempre que el mismo Dios que había creado el mundo, había vivido en el mundo y había muerto a manos del mundo, y que la (pretendida) prueba de esto era la de su Resurrección de los muertos. Esto era, de hecho, precisamente lo que yo no podía creer. Pero, al menos, sabía que esto era lo que tendría que creerse, si uno quería llamarse cristiano; de modo que yo no me llamaba a mí mismo cristiano. Pero en años posteriores me topé con gente que no creía más en esta pretensión central que en el conejo de Pascua
, y seguían llamándose de todos modos cristianos, sobre la base, parece ser, de que iban a la iglesia y eran buenas personas: admití que estas gentes probaban que podía haber humo sin fuego. En cualquier caso, yo, estando apartado del cristianismo, no estaba bastante cerca para verlo: por eso puede decirse que mi conversión empezó cuando abandoné el cristianismo y comenzó por poner tanta distancia como fuera posible entre él y yo. Ahora no estaba tan cerca que pudiera perder la falda de la montaña. La veía ahí sólo demasiado clara, solitaria, vasta, cubierta de hielo y aparentemente inaccesible a mí: supe que tenía que creer. El cristianismo era una fe.

Y por ahora yo sabía que era importante. De ser verdad aquello –y yo admitía la posibilidad de que lo fuera- simplemente sería la única verdad realmente importante del mundo. Y de no ser verdad, sería falso. No había término medio. Escribí en mi cuaderno: “No se puede ser ‘cristiano por accidente’. El hecho del Cristianismo debe ser abrumadoramente lo primero, o nada. Esto da razón de mi antipatía hacia los cristianos de nombre y hacia los no cristianos: sus vidas no contienen primacías abrumadoras sino muchos equilibrios”.

No sólo divisaba la hermosura resplandeciente de la fe cristiana, sino que veía que el cristianismo pretendía ser, precisamente, una respuesta. No un enigma, no un coto de caza para “exploradores” profesionales que no desearan perder su condición de “exploradores” al encontrar lo que buscan: el cristianismo ofrecía una respuesta a las eternas cuestiones –una respuesta sólida, concluían por lo bajo mis amigos físicos.


Mañana, Sheldon escribe a C.S. Lewis.

28 octubre 2006

Sheldon Vanauken, empieza a vislumbrar, y se pone a leer

Cuando empiezan a surgirle las (benditas) inevitables preguntas, Sheldon se pone a leer:

Encuentro con la luz

Una noche de insomnio, en la cubierta de un barco en aguas tropicales, frente a una reluciente luna que extendía su luz desde mis pies al horizonte, me encontré desgranando una serie peligrosa de pensamientos: qué raro (el pensamiento vuela) que gente tan inteligente en otras materias, como T.S. Eliot, el gran poeta, y Eddington, el famoso físico, y Dorothy Sayers, una novelista y ensayista de ingenio tan cáustico y de tan aguda inteligencia, qué raro que, al parecer crean de verdad en este cristianismo que yo viví en mis años jóvenes. ¿Es que habría algo más que yo no vi? No, claro que no. Aun así, sigue siendo extraño. Me pregunto cómo es posible que lo crean. Ahí hay algo. ¿Sería que yo, posiblemente, debiera adoptar otra perspectiva alguna vez? No, por supuesto que no. ¡Imposible! De todas formas, se supone que uno debe tener la honradez intelectual de escuchar a la otra parte. Evidentemente no es verdadero, pero, ¡cielos! No me hará daño comprobarlo. Sí, eso haré, algún día.

Al día siguiente, aunque no me había echado atrás en mi resolución, pensé con una pizca de desgana que iba a ser un trabajo muy aburrido y, total, ¿para qué? Sólo por honestidad intelectual. ¿Quién me había metido esa idea en la cabeza? Naturalmente, el cristianismo no era verdad: era precisamente increíble, y eran horribles casi todos los cristianos. A todas luces no fue posible un segundo acercamiento ni por aquel entonces, ni por mucho tiempo. No obstante, nunca lo olvidé del todo; puede que Alguien a mi lado viera que no podía olvidarlo.

Pero estaba ocupado con cosas “importantes”, estudiando historia en el Postgraduado de Yale y dando algunas clases. Me preocupaba esa tendencia en tantas partes del mundo a erigir el estado, o el estado enmascarado de “pueblo”, o la comunidad, o la organización, en un monstruo sin alma al que se le concedía mayor importancia que a los individuos que lo conformaban. Caí en la cuenta de que la Iglesia Cristiana proclamaba con fuerza la prioridad del individuo y, de un modo, vago, la vi como una aliada. Al mismo tiempo, mi interés por la historia y la lengua me llevaron a asistir ocasionalmente a la iglesia anglicana, de la que era miembro nominal, sólo por escuchar aquel lenguaje, antiguo y encantador, de la liturgia: puede que, a pesar de todo, algo me calara. Una vez, de hecho, no sé para qué, participé en el sacramento y sí, como creen las iglesias apostólicas, la Eucaristía es un filón de gracia, mi acción pudo tener un efecto incalculable. Pero, en realidad, no era creyente, ni cristiano.

El siguiente influjo me vino por el lugar: Inglaterra y Oxford. En esta antigua universidad, madura por la fuerte vida intelectual de todo un milenio, muchas cosas que en la ajetreada vida académica americana parecen anacronismos (la toga y el birrete, las agujas góticas, las inscripciones latinas, las ideas clásicas griegas), parecen estar en la esencia. En esta ciudad de agujas de ensueño, la Universidad, a pesar de sus modernos laboratorios, aún “respira los últimos encantos medievales”. Aquella pared que fue parte de una gran abadía; los enormes y maravillosos edificios que forman el claustro de una facultad, construidos por los benedictinos; el angosto pasadizo donde se compraban infusiones se había llamado durante siglos “entrada de los frailes”; los colegios universitarios se llaman cosas como “Iglesia de Cristo”, “María Magdalena”, “Jesús”, “Corpus Christi” y desde ellos, así como desde medio centenar de iglesias el repique de las campanas lanzaba su delicioso clamor por toda la ciudad. En un instante volvían a la realidad los siglos de fe, en los que la gente creía de veras, cuando las agujas les levantaban los ojos a Dios. Las enormes campanas hablaban aún de una fe inquebrantable (en tanto que los débiles carrilloncitos de las iglesias modernas americanas sugieren una fe endeble). Había visto montones de iglesias sin belleza alguna y oído himnos sentimentaloides; y estaba harto de clichés religiosos. Pero ahora sabía que también existía un esplendor impresionante en las agujas y las catedrales, y en las vidrieras antiguas, en la música del canto llano y en las Misas, y en el augusto lenguaje de la liturgia. Cierto: aquel esplendor no garantizaba la verdad del cristianismo; pero tampoco aquellas iglesias espantosas e insulsas implicaban lo contrario. Y... yo, quizá sentía vagamente que el esplendor sugería un valor.

En todo caso, una mañana, volviendo por un prado a Oxford, al oír el repiqueteo de las campanas mientras contemplaba a la caída del sol la asombrosa altura de las puntas de “La Virgen Santa María”, pensé (o Alguien me lo susurró al oído) que, tal vez, ya era hora de aquella revisión tanto tiempo pospuesta. No me resistí. Decidí meterme inmediatamente en la cuestión del cristianismo. Incluso me detuve ante una librería y llegué tarde al té con un cargamento de libros bajo el brazo.

Fueron medio centenar de libros los de aquel otoño - invierno. Me captó desde el principio y me olvidé de todo lo demás, aunque primero se trató de un estudio interesante, no algo que pudiera convertirse en “verdadero” y me obligara a dar otro curso a mi vida. Afortunadamente lo primero que leí (porque me pareció lo más fácil) fue una trilogía de ciencia - ficción, Out of the Silent Planet; Perelandra; That Hideous Strength (Fuera del planeta silencioso; Perelandra; Esa fuerza repugnante) de un catedrático de Oxford, C.S. Lewis. Tuvo la virtud de mostrarme cómo el Dios cristiano podía, cosa bastante razonable después de todo, abarcar las estrellas y la nebulosa helicoidal; no suponía una prueba, pero, de hecho, el comprobar que el cristianismo no era una religión meramente “local” de la tierra, venció una dificultad insuperable par mí. G.K. Chesterton, con mucho ingenio y sin ninguna ostentación, exponía un lúcido y persuasivo caso de hombre cristiano (El hombre eterno, etc.). Charles Williams, teólogo y novelista, me abrió esferas del espíritu cuya existencia ignoraba; aludía a que la visión que Dios tiene de la historia puede, y es más que probable, ser diversa de la del hombre (The Descent of the Dove; The Place of the Lion; All Hallows’ Eve; Descent into Hell). Graham Green enseñaba, de un modo terrible, qué era el pecado, y qué la fe (El meollo del asunto, El final de la aventura). Dorothy Sayers (Credo o caos, La mente del Creador) predicaba la cruzada, atacaba el embotamiento y la complacencia en sí mismo como un escorpión y hacían el cristianismo algo dramático y atrayente. Empecé a vislumbrar lo que T.S. Eliot realmente estaba diciendo en Miércoles de Ceniza y Los cuatro cuartetos (Ash Wednesday, The Four Quartets) y más bien me dio miedo. Se me quedó grabada su descripción del estado del cristiano: “condición de completa simplicidad (que vale nada menos que todo.)” ¡Todo! Sobre todo, allí estaba C.S. Lewis, en el “Magdalen”, un clásico y toda una autoridad en Literatura inglesa; había sido ateo y ahora era cristiano y conocía mi lenguaje, el del escepticismo. La suya era quizá la inteligencia más brillante y ciertamente la más lúcida que había visto nunca; escribía sobre el cristianismo en un estilo tan claro como el agua clara, sin una pizca de mojigatería, ni vaguedad, ni doble sentido, con una franqueza absoluta, uniendo argumentación y agudeza. Escribí en mi dirio por entonces: “Nadie que no se haya enfrentado honestamente a la abrumadora cuestión -¿es el Cristianismo posiblemente falso?- puede resolver para otro la cuestión contraria -¿es verdadero?-”. Leí todos sus libros, especialmente El gran divorcio, El problema del dolor, Los milagros, Cartas del Diablo a su sobrino, El regreso del peregrino y (más tarde) Sorprendido por la alegría. Leí también un montón de clásicos cristianos, incluido San Agustín, La imitación de Cristo, El vuelo desde Dios, Apología pro Vita Sua y La práctica de la presencia de Dios. Y, por supuesto, numerosas traducciones del Nuevo Testamento, con comentarios católicos y protestantes. Me aproximé con desgana al Evangelio – un resto de mi antiguo aburrimiento- a pesar incluso de saber que allí se relataba el mayor acontecimiento de la Historia. Pero la desgana se desvaneció mientras todo llegaba a tener sentido.


A mí me paso algo parecido, en mi (segunda) conversión.

27 octubre 2006

Sheldon Vanauken, primero agnóstico, luego teísta y finalmente anticristiano

Sigamos con el viaje espiritual de nuestro amigo:

"El siguiente paso era el agnosticismo: no saber y ser escéptico sobre la posibilidad de saber. Pero ya, al mismo tiempo, empecé a pensar que quizá se pudiera llegar a conocer algo un poquito. Buena prueba de ello eran los axiomas de la geometría, evidentes en sí mismos e indemostrables. ¿Habría axiomas que tuvieran que ver con el sentido de las cosas? Resolví que algo había creado el universo: esto resultaba evidente, axiomático. Entonces me apliqué al examen de los posibles indicios, evidentes en sí mismos, de la esencia, de esta “causa primera”. Capté un orden. Por supuesto, me había adentrado por sendas bien conocidas, pero eran nuevas para mí. Me empezaron a parecer axiomáticas la inteligencia e infinitud que había de poseer aquel poder creador del universo: el orden debía estar en función de la inteligencia; y sólo una inteligencia infinita podía aprehender la infinitud del espacio y el tiempo. Y la conciencia de la belleza, unida al reconocimiento de la hermosura que había en todo, excepto en lo que el hombre había echado a perder, me persuadieron de que tal belleza reflejaba la belleza de aquel Poder. (Fue mucho más tarde cuando leí a Platón y me entusiasmé al ver eso mismo). Durante mucho tiempo me pregunté si no podría ser la bondad, como la belleza, un atributo axiomático de este Poder. Pero la bondad no existía en esencia, sino en el hombre, y se hallaba bloqueada por el pecado y no se la podía atribuir, como evidente, al Poder, que seguía siendo un alguien impersonal. Yo no creía en la oración, no en la providencia, ni en el juicio; y mi ética no tenía conexión alguna con mi dios. Ya en el colegio había llegado a una forma de teísmo frío, que iba a conservar muchos años.

Una vez, durante mi primer año de universidad, vacilé; necesitaba una ayuda que sólo podía venir a través de una intervención milagrosa de un dios personal; improvisé unas cuantas oraciones urgentes a la desesperada. Cuando, como yo esperaba, no bajo ninguna Mano del cielo, me reafirmé en mi teísmo no cristiano. Durante los años subsiguientes me entregué, con devoción, a la belleza y al amor de una persona; y, teniendo juventud y buena suerte, era feliz, sobre todo por medio de aquel amor . En general, buscaba la bondad, entendiéndola, como el amor y la belleza, parte del Tao o del Camino. En realidad, venía a ser un tipo de paganismo sofisticado, sólo que las insuficiencias de una posición así son mucho menos obvias que las del materialismo.

Mientras tanto, el cristianismo, con el que no pretendía tener la más mínima relación, seguía presentándoseme como una religión ilusoria que proclamaba unas cosas demasiado increíbles sobre un valiente y fanático judío: una religión que debe perderse con la madurez, como la creencia infantil en las brujas y las hadas. Aunque había una cierta belleza en la historia cristiana (como la había en un cuento de hadas), no así en las iglesias: estrechas, pagadas y satisfechas de sí mismas, luchando vagamente con unas supuestas verdades que no podían aceptar; usaban clichés en unos parlamentos de una verborrea pomposa que daba náuseas, hablando de “experiencias en el Tabor” y de “comunidades fértiles”; cantaban unos himnos atronadores y espantosos, y construían un buen montón de horribles edificios.

No sólo no creía en el cristianismo, sino que lo odiaba con todas mis fuerzas; y si una persona se confesaba cristiana, perdía mi estima irremisiblemente. Pero podía guardar las distancias con bastante facilidad y así lo hice".


Mañana, más.

26 octubre 2006

Sheldon Vanauken, ateo

Sheldon Vanauken es un escritor norteamericanto converso, del que sólo sé que escribió un par de libros, Severe Mercy y Gateway to Heaven, que no he leído. Sin embargo, sí he leído (en fotocopias) un relato breve suyo, denominado "Encuentro con la luz", donde cuenta su conversión, en la que tuvo un papel decisivo su correspondencia con C. S. Lewis. Es una maravilla, y no sé ni del libro que proviene, ni dónde encontrarlo.

Lo que sí puedo es transcribir partes:

La luz apagada

Emprendí el camino de la conversión, supongo, en el momento de abandonar el cristianismo de mi infancia y volverme un pequeño ateo, y agresivo, a decir verdad. Parece que en la vida de bastantes intelectuales y, en general, de la gente independiente, el avance se realiza en tres pasos: primero, el abandono, a menudo provocado por la rebeldía, de un cristianismo imperfectamente entendido, pueril, apoyado sólo en la autoridad de los adultos; segundo, un retorno, gradual, a muchos de los principios morales y algunas de las ideas del cristianismo; y, tercero, la conversión. Pero, claro está, cada paso puede ser el último que se dé. Como explica el adagio aquel: “Para creer firmemente en algo, hay que empezar por dudarlo”.

Así pues, al dudar y dejar de lado un cristianismo en apariencia impropio, en el que nunca – es un decir- había creído por mí mismo, había avanzado un paso hacia una fe auténtica. Quizás es inadecuada cualquier creencia que uno no ha pensado a su propia manera. Pero, para colmo, veía cuatro inconvenientes en el único cristianismo que yo conocía: no era emocionante, ni positiva, ni suficientemente grande y no se relacionaba con la vida.

No resultaba atrayente: atrayentes eran los griegos de la historia, con su pasión por la verdad y la belleza, lúcidos como un templo dórico recortándose en un mar rojo vino, al anochecer; atrayente era la astronomía, con sus estrellas titilantes y sus enormes distancias; y también la poesía, que alcanza la belleza con el esplendor de las palabras; pero este cristianismo, con sus relatos fragmentados de hazañas oscuras e incomprensibles en Palestina, y su tono solemne y sin gracia, resultaba demasiado envarado para entretener, demasiado monótono para conmover.

No era positivo: los cristianos que morían en los circos romanos habían muerto por algo; los caballeros cruzados, cabalgando bajo la cruz de oro, habían luchado por algo; pero este cristianismo no predicaba la cruzada: la cruz sólo estaba ahí puesta para ser venerada. A fin de cuentas, parecía que su mensaje consistía – en gran medida- en que uno era malo si hacía cualquiera de las cosas de una lista bastante larga, como decir “¡Maldita sea!”, o no ir a la Iglesia, o beber el delicioso vino que había hecho Nuestro Señor en Caná –de hecho, las iglesias “eran mejores” que el inocente Jesús al rechazar el vino ardiente que Él escogió como símbolo de la Eucaristía, a favor de un solemne mosto enlatado. Todo era negativo y, a la postre, represivo; uno no trabajaba por algo, excepto, quizá, por tener sillas nuevas en la catequesis y, por supuesto, por un cielo bastante insulso, e incluso las ocasiones en que se suponía que alguien había llegado allá se vivían con una tristeza inconsolable.

Le faltaba grandeza: Este cristianismo, sencillamente, carecía de la suficiente grandeza para abarcar todos los mundos que giran alrededor del sol y todos los mundos que probablemente giran en torno a la friolera de un millón de soles en la espeluznante inmensidad del espacio; ¿cómo podría relacionarse la redención de la Tierra, en tanto que había sido redimida, con Aldebarán o las nebulosas espirales? Este cristianismo, por tanto, se quedaba demasiado pequeño para ser la verdad.

Por último, no se relacionaba con la vida: De la iglesia para afuera, latía la turbulencia, los enredos y el resplandor de la vida. ¿Qué tenían las iglesias que decir de esto? Con respecto a la guerra y las armas, la voz de este cristianismo era un breve susurro. Iba contra el pecado, a buen seguro; pero los hombres de negocios que practicaban una ética de “el hombre es un lobo para el hombre” seis días a la semana, eran bien recibidos al acercarse al altar... y su dinero en la colecta. Y jamás se reprendía a nadie por acercarse al altar cuando se sabía que no se hablaba con otra persona de la comunidad. Ni se rechazaba a nadie por orgulloso. De otro lado, en honor a la verdad, estaba claro que uno no debía decir: “¡Maldita sea!”; sí había gente que no era bien recibida al acercarse al altar: la gente de color. ¿Quién iba a creer que aquí se encontraban las verdades de la vida y de la muerte? Yo no, y dudo que los demás sí. Me aparté de esta religión y me declaré ateo.

¡Qué alivio! ¡Qué libertad! El ateísmo era un tónico: si los dioses habían muerto, nada había por encima del hombre. ¡Magnífico! Y era una idea en completa oposición a aquel cristianismo imposible, un fuerte y audaz credo. ¿Pero qué he dicho? ¿Creencia? ¿Confesión? Ahí residía el fallo del ateísmo: uno debía creer en la no existencia de Dios. Y eso, también, es un modo de fe. Sin evidencia ni revelación; y por su propia naturaleza, no puede haberlas. Así que renuncié al ateísmo.

Mañana, su paso por el agnosticismo.

25 octubre 2006

d'Ors a uno

Gracias a un par de comentarios del más prolífico de los poetas (ese Anónimo, que tanto escribe) a una entrada mía de hace meses, he descubierto un nuevo poema de Víctor Botas sobre la luna, y el poema elegíaco de d'Ors a su amigo, que sí conocía, ha devenido más bello aún.

Mi entrada debió llamarse d'Ors, Botas, Botas, d'Ors, y el poema de Víctor que faltaba (debería haber ido en tercer lugar) es éste:

EL HOMBRE DEL SACO

Cuando era niño
me enseñaban la luna y mira me
decían allá arriba hay un hombre
con un saco, ¿lo ves?
Y era
mentira. Claro
que ya entonces me daba
perfecta cuenta
del asunto: la gente
mayor miente muchísimo
a los niños, los toma
por idiotas o –quién
sabe– a lo mejor es eso
precisamente lo que intenta: volverlos
(y con bastante éxito) cretinos
vitalicios; o sea
de esos que nunca pierden
comba, ni palmoteo
indigno, si se trata
de mejorar la nómina.
Hoy, desde
esta nocturna e inquieta
ventanilla de un tren, Luna, te miro
y veo a Diana y veo
la esquiva media luna
de Ibn Hazm de Córdoba y aquella
(más poética aún) de la astrofísica y la
bicorne luna antigua
del viejo Horacio y otra
que no contemplará ninguna noche
quien yo bien me sabía,
de mi mano. No quisiera seguir;
a ver si alguno piensa
que me las estoy dando
de erudito a estas horas, cuando tan
sólo trato (qué fácil
os lo pongo), oh lenguas
viperinas, de imitar
una vez más a Borges –gaudeamus
igitur–.
También veo
por cierto (y ya termino)
al hombre aquel
del saco.


Víctor Botas, Historia antigua (1987)


Alegrías inesperadas de los blogs.

24 octubre 2006

Adivina, adivinanza

¿A qué líder (¿?) político corresponden estas palabras?:

"La Revolución Popular tiene que llegar a todos los rincones de España ... Ahora lo que nos toca es ponernos a trabajar desde el principio con mucha fuerza, compromiso y con la confianza de saber que vamos por el buen camino para conquistar el futuro. Un futuro de libertad, igualdad, solidaridad y progreso para todos los jóvenes y para España."

- Nooo, que no te enteras: pese a referirse a la Revolución Popular no es de la Liga Comunista Revolucionaria, ni del PCE (m.l.).

- Nooo, a ver si te fijas: aunque hable de libertad, igualdad, solidaridad y progreso, no se trata del Gran Maestre Grado 33 del Gran Oriente Español, ni tan siquiera (¿o sí?) de uno de los hijos de la luz en incipiente grado iniciático.

- Algunas pistas:
  1. Está a favor de que los homosexuales contraigan nupcias (¿y adopten?).
  2. El aborto, of course, qué te habías creído.
  3. La imagen de su campaña es una chica con el pelo rastafari, sacando la lengua en actitud desafiante y mostrando un horroroso piercing.
  4. Su lema: "No te muerdas la lengua" (porque te envenenas, añado yo).
  5. Ha dicho que los que sean de derechas se busquen otro partido.

- ¿Lo pillas? Síííí, acertaste. Es el líder carismático de las atractivas, dinámicas, desenfadadas, rebeldes y rompedoras Nuevas Generaciones del Partido Popular (buen artículo al respecto aquí).

- ¡Cómo mola! Ahora sí que arrasan.

23 octubre 2006

Alatriste

El viernes quebranté una de mis normas inquebrantables y fui a ver una película de cine español. No había leído ninguna de las entregas de la serie de Pérez Reverte, simplemente por coste de oportunidad (¡hay tantas otras cosas en el mundo!), pero algunas críticas no del todo malas de gente de la que me fío me animaron a dar el paso.

La película tiene muchos defectos, pero tiene también algunas virtudes. Entre los primeros, el ataque sistemático (¡cómo no!) a todo lo religioso: los clérigos todos malos malísimos y afeminados, contratando sicarios y provocando suicidios; y la gente de a pie, con un nihilismo cuasi sartriano (¡en el Siglo de Oro!). Y por supuesto, en el tesón por conquistar Flandes no aparece para nada la cuestión de la fe, sino que se atribuye a un simple empecinamiento de Olivares. Como de costumbre, impresentable. Otros defectos son el guión (se juntan todas las historias de Reverte, y va de salto en salto) y algunas de las interpretaciones. Entre las virtudes: Mortensen resulta creíble, el vestuario, la ambientación y la fotografía son francamente buenas, y la banda sonora es incluso muy buena. Además, Díaz-Yanes es un buen director y tiene oficio. Desde luego, la película no aguanta la comparación con la espléndida Master and commander de Peter Weir pero, globalmente considerada, tiene un pase.

Sin embargo, la indiferencia de Alatriste por el lucro o por la dimensión económica de sus acciones (cambiando un collar valioso por una baratija para su amada, enfrentándose a muerte con un amigo por no detraer un botín); el respetuoso pero a la vez orgulloso trato con sus superiores; su rechazo por la mentira, su laconismo y sus silencios; y sobre todo la negativa de su tercio, diezmado y moribundo, a rendirse a los franceses, pese a la generosa oferta que les es realizada ("somos un tercio español"), me emocionaron, a pesar de los pesares anteriores.

La conclusión que saco es ésta: a pesar de la LOGSE o la LOE ahora y de la EGB antes, tenemos un pasado con muchas más luces que sombras, del que sentirnos orgullosos; y nadie nos lo ha dicho. Por eso, a nada que entre el ataque sistemático y la caricaturización, se cuela por una rendija un destello que deja entrever lo que fuimos, renace la emoción.

A lo mejor no todo está perdido.

20 octubre 2006

Now is the winter of our discontent


Por una serie de circunstancias, ayer tuve que leer en alto el monólogo de Gloucester en Ricardo III (está aquí o aquí), y claramente se impuso sobre mi pésima pronunciación. Es música. Me acordé inmediatamente del poema de Ibáñez Langlois que nos regaló Enrique.

Verdaderamente, "el inglés no es el código del dólar y el turismo / es la lengua inmortal de la poesía".

[Aquí una estupenda página con todos los monólogos de Shakespeare].

18 octubre 2006

The chattering classes

Cae en mis manos el libro de Peter J. Kreeft (católico, profesor de filosofía en el Boston College) The Philosophy of Tolkien: the Worldview behind the Lord of the Rings. Tiene un pintón.
Estructurado en once capítulos (correspondientes a las principales áreas de la filosofía), comprende 50 de las grandes cuestiones que el hombre se ha planteado a lo largo de la Historia. Y respecto de cada una de ellas, Kreeft expone (i) su significado y su importancia; (ii) una cita de El Señor de los Anillos denotativa de cómo Tolkien responde a esa cuestión; (iii) otra cita al respecto de otra obra de Tolkien; y como guinda (iv) una cita de C.S. Lewis al respecto. El libro tiene un apéndice con concordancias de tales cuestiones con otros muchos pasajes de El Señor de los Anillos.

Cada vez que se hace una encuesta sobre la obra maestra de la literatura del siglo XX, Frodo y compañía ganan por goleada, lo que exaspera a los críticos. Y aquí viene el motivo de la entrada de hoy (del libro contaré cuando lo termine): la nada sutil puya que Kreeft les dedica, a ellos y demás "intelectuales orgánicos", en su prólogo:

Every human soul craves "the good, the true, and the beautiful" absolutely and without limit. And it is precisely about these three most fundamental values that the gap is the widest. Ordinary people still believe in a real morality, a real difference between good and evil; and in objective truth and the possibility of knowing it; and in the superiority of beauty over ugliness. But our educators, or "experts" (Fr. Richard Neuhaus calls them "the chattering classes" [magistral]), feel toward this traditional values the way people think medieval inquisitors felt toward witches. Our artists deliberatelty prefer ugliness to beauty, our moralists fear goodness more than evil, and our philsophers embrace various forms of post-modernism that reduce truth to ideology of power. ...
So, what should do about it? Just ignore them. That will do more to save civilization than anything else you can possibly do (except becoming a saint). It will also make them very angry, for, like teenagers, the critics' greatest joy is to be shocking, and their great fear is to be ignored".

O sea, que presumo que Kreeft no sería precisamente un fan de "Manual de infractores".

12 octubre 2006

Madre de la Hispanidad


Oración de (San) Juan Pablo II Magno:

"Doy fervientes gracias a Dios por la presencia singular de María en esta tierra española donde tantos frutos ha producido. Y quiero encomendarte, Virgen santísima del Pilar, España entera, todos y cada uno de sus hijos y pueblos, la Iglesia en España, así como también los hijos de todas las naciones hispánicas. ¡Dios te salve, María, Madre de Cristo y de la Iglesia! ¡Dios te salve, vida, dulzura y esperanza nuestra! A tus cuidados confío esta tarde las necesidades de todas las familias de España, las alegrías de los niños, la ilusión de los jóvenes, los desvelos de los adultos, el dolor de los enfermos y el sereno atardecer de los ancianos. Te encomiendo la fidelidad y abnegación de los ministros de tu Hijo, la esperanza de quienes se preparan para ese ministerio, la gozosa entrega de las vírgenes del claustro, la oración y solicitud de los religiosos y religiosas, la vida y el empeño de cuantos trabajan por el reino de Cristo en estas tierras. En tus manos pongo la fatiga y él sudor de quienes trabajan con las suyas; la noble dedicación de los que transmiten su saber y el esfuerzo de los que aprenden; la hermosa vocación de quienes con su conciencia y servicio alivian el dolor ajeno; la tarea de quienes con su inteligencia buscan la verdad. En tu corazón dejo los anhelos de quienes, mediante los quehaceres económicos procuran honradamente la prosperidad de sus hermanos; de quienes, al servicio de la verdad, informan y forman rectamente la opinión pública; de cuantos, en la política, en la milicia, en las labores sindicales o en el servicio del orden ciudadano prestan su colaboración honesta en favor de una justa, pacífica y segura convivencia. Virgen Santa del Pilar: aumenta nuestra fe, consolida nuestra esperanza, aviva nuestra caridad. Socorre a los que padecen desgracias, a los que sufren soledad, ignorancia, hambre o falta de trabajo. Fortalece a los débiles en la fe. Fomenta en los jóvenes la disponibilidad para una entrega plena a Dios. Protege a España entera y a sus pueblos, a sus hombres y mujeres. Y asiste maternalmente, oh María a cuantos te invocan como Patrona de la Hispanidad. Así sea".

Santa María del Pilar, confunde a nuestros enemigos y ruega por nosotros.

11 octubre 2006

Agit-prop

La vieja praxis marxista de agit-prop, en su desprecio por la verdad, no se limita a postular el empleo sistemático de cualquier mentira, sino precisamente de aquélla que es exactamente la contradictoria (hay varios tipos de oposición) con la verdadera realidad (perdón por el pleonasmo). Por eso los Estados comunistas se denominan democráticos (v.g. DDR), y también por eso los medios de comunicación oficiales, que propagan la mentira y el pensamiento único, se denominan bien Pravda (la verdad), bien el plural.

Un buen ejemplo es el tratamiento de la agresión ayer a Acebes en Cataluña. Por si lo borran -ahora que ha sido cesado un dirigente del PSC-, transcribo la noticia:

"Todo empezó, cuando un grupo de jóvenes se concentró a las puertas del Centro Cultural Martorell con las pancartas. Poco después, llegaron los militantes del PP que acudían al mitin, y al ver al grupo de personas concentradas que les insultaban, un militante intentó arrebatar una de esas pancartas a los jóvenes. Otro militante del PP le ayudó, pero ambos no lograron su objetivo y cayeron al suelo sin conseguir retirar ninguna pancarta a los manifestantes. A continuación, el grupo de jóvenes y otro de unos veinte militantes del PP se encararon y comenzaron a increparse y a intercambiar empujones, aunque la Guardia Civil logró separarlos. En ese momento apareció el coche en el que venían Acebes y Piqué, y la Guardia Civil se vio obligada a proteger a ambos políticos para que pudieran acceder al local, donde les esperaban unos doscientos militantes del PP catalán".

Estos del PP ya se sabe, tan violentos y provocadores como siempre, como cuando agredieron a Bono.

09 octubre 2006

Saca al ciudadano que llevas dentro

Es el título de la campaña publicitaria que está llevando a cabo el Ayuntamiento de Madrid, destinada a que los madrileños tiremos la basura a los contenedores, y no seamos unos sucios. Está presente en marquesinas de autobús, "chirimbolos" y otros adefesios de mobiliario urbano.

Aunque sea lunes, no creo que esta mañana me encuentre especialmente picajoso o irascible, pero lo cierto es que el cartelito me ha puesto de mal humor. No es por la mala fotografía, ni por el tipo de letra, ni por el marco en el que se encuadra -con una flecha que parece de mal aficionado al power point-, ni por la composición, ni por la cara de estulta felicidad, de buen vecino, y de satisfacción por el deber cumplido del tipo que sale. No. Aunque sea un anuncio casposo y cutre, no hubiera llamado mi atención ni provocado mi mosqueo.

Lo que me irrita sobremanera es el lema de marras, y todo lo que subyace bajo tan aparentemente inocua frasecita. Entre otras, por dos razones. La primera es el uso del término ciudadano como paradigma de la limpieza y, una vez más, como meta de de las aspiraciones personales, de la plenitud de derechos, del alcance de la verdadera libertad. Aunque se emplee cada vez más por los políticos (por todos), me parece que tiene un regusto revolucionario-jacobino trasnochado, y que se enmarca en la corriente de pensamiento pseudoilustrado y laicista que propugna que los derechos individuales comienzan con la funesta Revolución (no hay que cansarse de recomendar a Gaxotte).

Y la segunda razón va en la misma línea, pero con un sesgo más antropológico: un ciudadano dentro que haya que sacar (¿salir del armario?) lo llevará usted, señor publicitario, señor concejal o señor Gallardón, pero yo no. Yo dentro llevo mis miserias, y más dentro aún (intimior intimo meo) llevo a mi Creador, pero a un ciudadano ni pensarlo. Y si tiro la basura al cubo, no es ni por ustedes ni por la ética kantiana, sino en ejercicio de virtudes que están ahí mucho antes de que cuatro aristócratas decadentes invitaran a sus tertulias a Diderot, Voltaire y compañía.

- ¿Pero es que se cree usted que el que ha hecho la campaña estaba pensando en todo eso?

-No lo sé, puede que sea intencional o puede que sea una decantación inconsciente del pensamiento dominante, pero ya esta bien de tonterías.

Y con ésas, he entrado en la oficina.

03 octubre 2006

Premio nacional de poesía

¿Te sorprendes, querido Enrique, de que se lo den a Bonald y no a d'Ors? Ya sé que no. Ni el maestro tampoco, acuérdate de su poema:

DONDE EL POETA SE DESPIDE DEFINITIVAMENTE DEL COTARRO

Adiós, adiós revistas, premios, antologías,
fulgores de El País y el Segundo Canal,
adiós generación del 70, divino
tesoro, te he perdido para nunca jamás.


Para ser comunista me falta la langosta
(que no es poco faltar)
y, como don Antonio, tampoco soy un ave
de ésas (menudos pájaros) del nuevo gay trinar,
y no versificando ni a la izquierda
ni debajo de nadie, ustedes me dirán.


Adiós entonces, fama, adiós obras completas,
adiós escalinatas hacia Carlos Barral,
adiós muchachos, nunca compañeros
de mi vida (a Dios gracias –y gracias además
a los sabios consejos sobre las compañías
que me dio mi papá–).

Pero todos felices: la Poesía
y yo tendremos más intimidad,
y vosotros qué gozo: en la carpeta
de Félix Grande un poco menos de original
y un poco más de alfalfa en los amenos prados
del Parnaso local.


5-IX-82 [de Es cielo y es azul]

Anton Bruckner

Comienza la temporada en Ibermúsica, y nos estrenamos con la Bayerisches Staatorchester, dirigida por Kent Nagano. El programa, de lo más apetecible: el Idilio de Sigfrido de Wagner y la Cuarta Sinfonía (Romántica) de Bruckner, en su versión original. Todo correcto pero demasiado plano, sin emoción (pecado grave con un programa como éste). Además, la Cuarta, auténtica puerta de entrada al universo bruckneriano, es mejor oírla en la versión de Haas que en la original.

A pesar de los pesares, volver a encontrarse en vivo con Bruckner, ese "místico gótico extraviado por error en el siglo XIX" (como lo definió Fürtwangler), ese "católico medieval arrojado al turbulento mundo de Wagner" (Paul Henry Lang), es toda una experiencia. No se puede sacar más de una orquesta sinfónica y, al menos para mí, sólo Bach puede comparársele en trascendencia y misticismo.

Algunos extractos del iluminado texto de Arnoldo Liberman que ilustraba el programa (de donde también proceden las citas anteriores):

"Este trovador de Dios (como llamó Liszt a Bruckner) era a la vez un hombre rústico, ingenuo y torpón ... que saciaba largamente sus sentidos con el festín gastronómico de un plato de knodel, que su [rectius, cuya] cachaza era motivo de mofa en todo el conservatorio de Viena, que justificaba el nacimiento de su Novena Sinfonía (una de las más hermosas nacidas de su estro) porque un bocadillo de pan con queso lo había inspirado, que su humildad rayaba en lo insólito, que a veces caía en torpezas inexplicables, este personaje, digo, significaba no sólo el espíritu dionisíaco al servicio de la música, sino al servicio incondicional de la Creación [¿es Bruckner o Chesterton?].
...
[Bruckner] proclamaba que si el público quería oír la música del hombre escuchara a Brahms y que sólo si quería oír a Dios escuchara sus sinfonías. Porque Bruckner no es sólo la montaraz inocencia del estremecimiento, sino que se trata del estremecimiento de una epifanía. Bruckner no sugiere que podemos ver a Dios, sino que es posible oírlo y que para ello no debemos estar dispuestos sino expuestos".

A todo aquél que quiera iniciarse en este genio absoluto de la música le recomiendo que comience por esta Cuarta (en las versiones de Celibidache o de Böhm), o por la Séptima (Barenboim u otra vez Celibidache). Y que vaya poco a poco. No se arrepentirá.

02 octubre 2006

Ángeles custodios

Ángel del Señor, que eres mi custodio,
puesto que la Providencia soberana
me encomendó a ti,
ilumíname, guárdame, rígeme
y gobiérname en este día.
Amén.

Paracaidistas en Guecho


La noticia aparece en Minuto digital y en algunos otros medios. Con ocasión de unas maniobras del Ejército, miembros de la brigada paracadista aterrizaron en la playa de Guecho (Vizcaya). Aunque el Gobierno vasco se ha quejado, la inmensa mayoría de los que allí estaban prorrumpió en aplausos y vítores a España.

También estaban los valientes gudaris proetarras, se supone que para montar una "playa borroka". Sin embargo, como se ve en esta foto que me manda un amigo, no parece que se atrevieran ni a levantar la voz. Más bien, miraron para otro lado.

Tan valientes como siempre.

27 septiembre 2006

Flannery y d'Ors

Me encuentro con que sobre Revelation se ha escrito mucho, desde breves comentarios hasta sesudos artículos.

Ayer comentaba que me parecía ver una relación entre este estupendo relato de Flannery O'Connor y un poema de d'Ors ("Oración por nosotros, los de siempre", en Sol de noviembre). Pues bien, tal relación, que yo vanamente atribuía a mi sagacidad y a mi capacidad de interrelacionar, ha resultado ser una conexión clara, tal y como pone de manifiesto Arp en su comentario a mi entrada de ayer, y tal y como reconoce el propio d'Ors, según dice Enrique.

Pensaba resumir el relato, transcribir el poema y justificar mi hallazgo, pero es empresa harto ambiciosa para este modesto blog y para mi capacidad y disponibilidad. Prefiero limitarme a recomendar vivamente la lectura de ambos textos, que no tienen desperdicio.

Por mi parte, me limito a constatar la obviedad: la conexión no sólo es clara, sino también perfectamente explicable. No es que Miguel se haya inspirado en Flannery, ni que Calíope (o Érato o Talía, o la que fuese) sugiriese las mismas ideas en Milledgeville que en Granada. Es, lisa y llanamente, que una y otro son cristianos católicos (y no de esos que van por ahí mendigando opiniones). Es por tanto perfectamente explicable, si no fatal, que su creatividad literaria haya plasmado del modo en que cada uno sabe (ella con un relato, él con un poema) la constatación que todos realizamos cuando nos miramos en el espejo del examen de conciencia: ¡cuántas veces somos el hijo mayor de la parábola o el rico Epulón!.

Perdónanos, Señor.

26 septiembre 2006

Más sobre Flannery


He terminado los Spiritual writings de Flannery O'Connor. Como decía en una entrada anterior, se trata de una recopilación sus textos para una colección titulada Modern spiritual masters series. Está compuesta por fragmentos de muchas de sus cartas recogidas en The habit of being (principalmente las dirigidas a A.), y de sus dos novelas, Wise blood y The violent bear it away. La recopilación se lleva acertadamente a cabo por bloques temáticos (el realismo cristiano, la Iglesia, su vocación a la escritura como apostolado, y las razones de la alegría y del sufrimiento), y su lectura es fácil y amena. Puede ser un buen regalo para quien quiera dar a conocer, más allá de sus relatos, la faceta humana de esta escritora católica rayana, si no plenamente incursa, en la santidad.

Lo curioso es que, en medio de tales capítulos se inserta uno de los últimos relatos de Flannery, Revelation, en su integridad. Pertenece a la recopilación Everything that rises must converge (título tomado de Teilhard de Chardin, a quien Flannery admiraba), bajo la que se agruparon sus últimos cuentos, probablemente los mejores. Los autores justifican el excursus alegando que es el paradigma de la literatura y de la cosmovisión católica de Flannery. La elección me parece muy acertada, y la ubicación del relato me ha hecho prestarle más atención (y disfrutar más de él), que cuando lo leí en español, en la edición de sus Cuentos completos . Y, además, me ha evocado un memorable poema de Miguel d'Ors - aunque hablar de memorable poema en d'Ors es un pleonasmo-, al hermano mayor de la parábola del hijo pródigo y al rico Epulón.

A ver si mañana tengo más tiempo y cuento por qué.

24 septiembre 2006

Conrad

Tarde lluviosa en Madrid. Merodeo por la biblioteca (siempre pendiente de ser ordenada) y me encuentro con Conrad. Como a tantos otros, llegué a él a través de Borges, y lo leí con entusiasmo. Lord Jim, Juventud, De vuelta al mar (en una excelente traducción de un jovencísimo Javier Marías: el pluscuamperfecto inglés de Conrad me supera en no pocas ocasiones), Los duelistas, y El corazón de las tinieblas, me fascinaron. Pero, pasados los años, lo que más perdura en mí de él no es toda esa literatura, sino un "ensayo" sobre el arte camuflado de prólogo a una obra suya que considero menor.

La obra no es otra que El negro del narcissus, una novelita que narra la opresiva presencia de un enorme negro, antipático y enfermo, en una travesía de Bombay a Inglaterra, y su sofocante influjo sobre la tripulación y el viaje. Me gustaron más otras, pero tiene fragmentos que son Conrad en estado puro. Sin embargo, lo que se sale de lo normal es su prólogo, como digo, todo un ensayo acerca de la creación artística. Comienza nada menos que así:

"A work that aspires, however humbly, to the condition of art should carry its justification in every line. And art itself may be defined as a single-minded attempt to render the highest kind of justice to the visible universe, by bringing to light the truth, manifold and one, underlying its every aspect".

Y de ahí va in crescendo. ¿Por qué lo puso ahí? ¿era consciente de la profundidad de su pensamiento y de su capacidad especulativa, más allá de su creatividad literaria? Lo ignoro con perfección, pero os recomiendo que no os perdáis esta joya.

21 septiembre 2006

Diversity (II)

¡Qué maravilla tener lectores críticos! Tiene razón Enrique Baltanás: mi entrada de ayer está pésimamente argumentada.

La unanimidad será buena o mala según confluya en la verdad o en el error, esto es, según se adecue o no lo pensado con la realidad. La unanimidad acerca de los primeros principios o acerca de la existencia de un Dios omnipotente, bueno, encarnado y redentor sería maravillosa (y, según sabemos, llegará algún día), porque es verdad. No es deseable el disenso en esto. No creo que el disenso sea en sí mismo necesario, ni tan siquiera como método de conocimiento (dialéctica, falsación, duda metódica, etc.), aun admitiendo que hay que estar muy vigilante para no creerse en posesión de la verdad que además, según sabemos por el Oso Von Balthazar, es sinfónica y no "solista". Esto no me plantea especial problema. Además, yo no hablaba de unanimidad, sino de unidad.

La diversidad no es en absoluto condenable, en cuanto diversidad. Pocas cosas más genuinamente católicas que lo diverso (en el accidente) siempre que sea unitario (en la esencia). Que se lo pregunten a S. Pablo en su debate con los "unitarios" judaizantes, gracias al cual nosotros no somos creyentes "de segunda" (ni estamos circuncidados, un dolor menos). O que se lo pregunten a S. Francisco Javier, cuando le tenían que ayudar porque se le cansaban los brazos de tanto bautizar a "diversos" asiáticos.

El problema está cuando se fomenta la diversidad porque se sostiene que todo son opiniones (magistral poema de d'Ors al respecto) y que no hay un criterio sobre nada que pueda imponerse sobre otro (relativismo). Cuando se dice que Platón y Aristóteles no son más que "varones blancos muertos", cuyas opiniones son tan válidas o inválidas como las de cualquier gurú con taparrabos o cualquier psicosocioestructuroargentino (d'Ors again). Nuevamente ello parte de la base de que la realidad no existe o al menos no es cognoscible. El primer principio de no contradicción (una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo bajo el mismo aspecto), no admite diversidad (sé que tú no decías esto, Enrique).

Por otra parte, todos en cuanto personas somos únicos e irrepetibles (Dios sólo sabe contar hasta uno, Péguy dixit) , y tenemos los mismos derechos fundamentales. Sin embargo, creo que hoy se ven derechos por doquier, sin que verdaderamente sean tales. Pese a lo que digan los tribunales (incluido, ay, nuestro Tribunal Supremo), no hay un derecho a la indemización de los padres por wrongful birth (les indemnizan porque el hospital no les avisó a tiempo de la enfermedad del feto y no pudieron abortar); ni hay un derecho a que los padres sordos digan que su sordera no es un defecto, sino una alternativa, y exijan manipulación genética para tener hijos sordos; ni un derecho al "matrimonio" homosexual o a la adopción por homosexuales, que es uno de los paradigmas de la diversidad. Y, ¡qué pena!, yo no tengo derecho a escribir entradas tan buenas como las de Enrique Baltanás, ni a ser un poeta como García-Máiquez, ni a tener la capacidad de observación de Arp. Ya me gustaría.

El tema de la discriminación positiva me parece más serio que el de la diversidad, y anticipo que no lo he estudiado a fondo. Sin embargo, aun a riesgo de equivocarme, creo que no hay que sobreproteger a los arrinconados. En primer lugar, porque es muy difícil que haya igualdad en todo en dos candidatos para que sólo haya que elegir a uno porque esté perseguido o arrinconado, y se presta a injusticias. Y en segundo lugar, porque cuando se ha llevado a efecto, a la larga ha repercutido en falta de calidad o de excelencia. Recuerdo vagamente un artículo magnífico en Aceprensa sobre un colegio público en una zona difícil de Estados Unidos, que en los años 50 era puntero y que con la discriminación positiva se fue al garete. Creo que hay que ser meritocrático-caritativo, que no es lo mismo.

Y una nueva loa de la unidad y una crítica a la diversidad (dispersión) está en las palabras del Señor a Marta, cuando ésta le pide que reproche a María que no la ayude: frente a la inquietud y dispersión de Marta solo hay una cosa importante que es la que elige María, y no se la quitarán.

20 septiembre 2006

Diversity

La dichosa palabrita va de boca en boca. No hay conferencia de gestión de despachos donde no se repita hasta la saciedad. Para ser un gran bufete -se dice-, hay que fomentar y promover la diversidad. ¿Que qué es eso? Pues básicamente el rechazo a toda identidad fuerte, y la entrada de la discriminación positiva y del aquí todo vale. Para ejemplo, la página web de un despacho americano de postín, Cadwalader, donde se apuesta por la diversidad de género, de raza y cómo no, de identidad sexual:

"The Firm supports a variety of gender, racial, ethnic and sexual orientation diversity programs, organizations and associations (...) Cadwalader also provides philanthropic and pro bono support for the LGBT community. In addition to direct mailings by gay Cadwalader attorneys to students who are members of gay campus groups and sponsoring receptions for gay students at New York City law schools, the firm supports, and has been involved with, a number of lesbian, gay and bisexual organizations".

Desde luego, la conclusión inmediata es que se trata de una decantación del principio de corrección política y de una consecuencia del relativismo moral. Pero creo que admite también una lectura sobrenatural. Para mí es una manifestación más de dónde llega el hombre cuando prescinde de Dios(nosotros solos podemos): a la torre de Babel. Justo lo contrario de lo que sucede cuando Dios entra en nuestras vidas. Entonces la consecuencia es exactamente la contraria: la unidad, esa unidad (ut unum sint) que Cristo anhelaba para los suyos en la oración sacerdotal.

19 septiembre 2006

American Gothic

Espoleado por Arp y por Mora-Fandos, continúo contando "lo que veo" en Chicago, a pesar de mis limitaciones (no es falsa humildad, ya dijo Santa Teresa que la humildad es la verdad).

Otro de los cuadros memorables del Chicago Art Institute es éste que Grant Wood pintó en 1930, titulado American Gothic. Creo que el impacto que produjo cuando se exhibió por primera vez, fue considerable, y que de este título viene la denominación de determinado género como "gótico sureño", en el que algunos encuadran a la admirada Flannery O'Connor. El cuadro es magnífico. Por mi parte, y sin querer menospreciar a nadie, creo que por la dureza y severidad de los rostros y por la actitud hierática, esta pareja sólo puede ser protestante, y no católica. Me parecen la versión americana del matrimonio Arnolfini o de cuadros flamencos similares (obviamente de otra época pero con analogías que me parecen claras, Mora-Fandos, dime algo, please). Debe de ser durísimo no tener el consuelo del sacramento del perdón.

En cualquier caso, después de disfrutar contemplándolo, no pude dejar de acordarme de los relatos de Flannery. A la salida fui raudo a una librería y he comprado Wise blood; The violent bear it away y Everything that rises must converge, así como dos libros más que no conocía, Mystery and manners (una recopilación de textos suyos que incluye el prólogo al libro Memoir of Mary Ann al que tanto se refiere en sus cartas), y una selección de sus textos recopilada para una colección titulada Modern spiritual masters series, en la que también están sus admirados Simone Weil y Theilard de Chardin, Edith Stein, Santa Teresita, y otros (incluido, ay, el infausto Anthony de Mello). Esta recopilación de Flannery la hace un tal Robert Ellsberg, y tiene una estupenda introducción de otro tal Richard Giannone, que se convirtió al catolicismo gracias a Flannery. Me relamo de gusto con las nueve horitas netas de vuelta de avion que me esperan para hincarles el diente.

Chicago

Estos días estoy en Chicago, en un congreso de la International Bar Association. Antes he estado con bastante lío, y no he podido actualizar el blog. Es una pena, porque la cosa está que arde. Mis disculpas a los dos o tres que me leen.

En cualquier caso, esta mañana me he escaqueado del congreso y me he pateado el Art Institute , muy completo y con algunas joyitas. Hay seis cuadritos de Goya describiendo la captura del bandido Maragato por Fray Pedro de Zaldivia, que son una delicia (primero el bandido le apunta con un trabuco, luego el buen religioso forcejea con él, le quita el arma y le pega un tiro en una pierna, lo reduce y lo entrega a la justicia). Toda una alegoría de la Iglesia y de su papel en los tiempos que corren.

Luego me he dado un paseo por el Loop, y no ha estado mal. Se supone que arquitectónicamente es la caraba (Mies van der Rohe, Bauhaus, etc.), pero soy bastante zote en lo que a gusto por la arquitectura se refiere.

Ya me gustaría tener la capacidad de observación que Arp ha demostrado con sus crónicas austriacas, porque Chicago tiene mucho interés, pero no la tengo.

11 septiembre 2006

Disfrazado de nada, como sueles

Decía Arp en un comentario a mi anterior entrada que a la kenosis o anonadamiento de Cristo, nunca acabas de verle el fondo. Qué cierto es. A raíz de ello, me han venido a la memoria estas palabras con que Miguel d’Ors agradece al Creador un segundo casi extático de contemplación del azul del cielo y del amarillo de no sé qué árbol (seguro que un arce no). Pertenecen a un poema de su último libro, Sol de noviembre. Aunque creo recordar que forman parte de dos versos diferentes, también por sí solas configuran un bello endecasílabo, que emociona.

Me evocan a Elías en el Horeb, esperando la venida de Dios bajo grandes manifestaciones y no reconociéndolo ni en el terremoto ni en el fuego devorador, sino en la suave brisa ante la que se tapó el rostro. También al precioso himno que S. Pablo recoge en su Carta a los Filipenses, que narra el susodicho anonadamiento de Cristo; y al gran y santo Juan Pablo II cuando, ante el asombro de Belén, compuso sin saberlo otro bello endecasílabo: “El Creador es un niño que llora”, dijo.

04 septiembre 2006

Mi almuerzo con Jünger

El otro día, en uno de sus acertados posts, Enrique García-Máiquez comentaba que Jünger era una de sus lagunas, a pesar de los consejos de Beades. Hace ya casi dos décadas, yo sí seguí los de mi amigo Presas (que en libros y música aconseja tan bien como pinta), fervoroso lector del longevo alemán. Leí Eumeswill y Sobre los acantilados de mármol y no guardo especial recuerdo de ellos; no debieron de decirme gran cosa. Sin embargo, leí también Tempestades de acero, sus memorias de la Primera Guerra Mundial, y me gustaron mucho. Todavía hoy pienso que es el mejor libro de guerra que he leído (muy superior a Sin novedad en el frente). Compré sus Radiaciones y luego El reloj de arena, El trabajador y La Tijera, de los que solo he leído fragmentos. Creo que es un buen narrador, que su temática, su estilo y su creatividad literaria han pasado con el siglo que nos dejó, y que su posición vital y pseudofilosófica (post-heideggeriano desengañado) no presenta especial interés. Creo también que de Jünger lo más destacable es, sin duda, Jünger mismo. Justo al revés que sucede con Borges, aquí el personaje es mucho más interesante que su obra. Oficial en la Primera Guerra Mundial (último poseedor de la condecoración Pour le mérite prusiana) y en la Segunda, donde estuvo en París con actitudes razonables, sus ciento tres años de vida y sus diversas etapas vitales son un compendio del propio siglo XX.

Además, yo tuve la dicha de comer con él. Dictó la lección inaugural de los Cursos de Verano de la Universidad Complutense de Madrid –creo que de 1996– y el Rector me invitó al almuerzo que tuvo lugar a continuación. No fuimos más de diez comensales. La verdad es que me tocó al otro lado de la mesa y no pude hablar con él, pero sí pude contemplarlo con calma. Delgado, ágil, sobrio, con una mirada muy intensa, atendía, con aparente interés aunque también con cierto distanciamiento, la conversación de sus colindantes (uno de ellos su excelente traductor, Andrés Sánchez Pascual). Tenía su abundante y blanca cabellera peinada toda para adelante, parecía un patricio romano. Gozaba de excelente apetito: dio buena cuenta de una ensalada copiosa, de una rodaja de merluza como una boina y de un pastel, todo ello regado con vino. Bebió poca agua. Para terminar un café solo que coronó con un cigarrillo elegantemente fumado. Fue emocionante. Además, estuve al lado su mujer, una encantadora jovenzuela de 75 años, culta y bella. No me pareció oportuno sacar el tema de la literatura, así que estuvimos toda la comida hablando de música. Además de ser una entendida, Ernst y ella fueron vecinos de Fürtwangler durante varios años, y me contó cosas del maestro.

Y para colmo, al regresar a casa me llevé mi ejemplar de Tempestades de acero dedicado, con una letra preciosa: “Meinem lesser Dal, Ernst Jünger”. Mi mitómanía alcanzó niveles perjudiciales para la salud.

03 septiembre 2006

Everness

Si conocieras
el premio que te espera,
lo buscarías.

[Para Enrique García-Máiquez]